Trago Amargo y Reforma Tributaria

Patricio Navia

La Tercera, octubre 16, 2011

 

Ante la certeza de que habrá que tomárselo igual, es mejor ingerir el trago amargo de una buena vez que agonizar, discutir y sufrir por meses para después tener que tomárselo igual. Ya que la reforma tributaria llegó para quedarse -y a medida que se acerquen las próximas elecciones aumentará en intensidad, magnitud y alcance-, parece oportuno que el gobierno acepte el debate y no tener que lidiar por meses con la discusión -y las divisiones en la propia coalición de gobierno- sobre la reforma tributaria.

 

Las coaliciones de gobierno nunca tienen posturas homogéneas. Las diferencias alcanzan al interior de los partidos. Durante las décadas de gobiernos concertacionistas, las almas autoflagelantes y autocomplacientes tenían presencia en cada partido de la coalición centroizquierdista. A menudo, los gobiernos tuvieron posturas distintas a los partidos. Todo el espectro de políticas públicas evidenciaba diferencias -a menudo gigantescas-al interior de la coalición. Incluso en los derechos humanos, un tema de tanta importancia para la Concertación como los impuestos para la Alianza, las diferencias eran notables.

 

Las administraciones concertacionistas entendieron que debían ser el gobierno de todo el país y a menudo tuvieron que asumir los costos de decisiones impopulares con los sectores menos moderados de la coalición.

 

Es más, precisamente porque las diferencias ideológicas, programáticas y tácticas también existían en la oposición, la Concertación negoció reformas con partidos específicos de la Alianza e incluso a veces, con algunos parlamentarios individualmente. La política es el arte de negociar acuerdos para avanzar reformas e implementar cambios. Si esos acuerdos no se pueden lograr con los aliados, a veces corresponde hacerlo con los de la trinchera opuesta. Es igualmente legítimo negociar con los aliados que con los adversarios.

 

Después que el propio gobierno abriera la ventana de la reforma tributaria con su necesario plan de reconstrucción posterremoto de 2010, quedó instalada la sospecha de que la tasa de 20% de impuestos a las rentas de las empresas se mantendría más allá de 2011.

Las demandas concertacionistas por materializar esa sospecha han sido alimentadas por importantes líderes de la Alianza y del propio gobierno. De acuerdo al sistema actual, la tasa de impuesto empresarial debiera bajar a 18,5% en 2012 y 17% en 2013. Ya que habrá elecciones en los próximos dos años, resulta inimaginable que la discusión tributaria vaya a desaparecer. 

 

Cuando hay campañas, es inevitable que los políticos -incluso los más responsables- caigan en promesas populistas. De ahí que parece más oportuno tener la discusión tributaria ya y no cuando varios de los interlocutores estén activamente cortejando votos.

 

Son públicas las diferencias al interior de la coalición de gobierno sobre la conveniencia de la discusión tributaria y sobre el mejor momento para tenerlas.

 

Decida lo que decida, el Presidente Piñera será criticado por el sector de su coalición que se sienta perdedor. Pero ya que debe aspirar a ser el Presidente de todos los chilenos, Piñera debiera asumir que mientras más se demore en aceptar la discusión del debate tributario, más engorroso será alcanzar un acuerdo que incorpore las preocupaciones por el crecimiento, la eficiencia y la justicia social. Si ya es claro que hay que cortarle la cola al perro, mejor hacerlo de una buena vez, para poder después salir a pasear con la mascota.