Mi toma como líder estudiantil

Patricio Navia

La Tercera, octubre 4, 2011

 

La única vez que participé en una toma como líder estudiantil aprendí que los radicales siempre llevan las de ganar. Si los moderados no se imponen, las tomas terminan siendo más ruido que nueces. Como alumno de pregrado (1988-1992) en la Universidad de Illinois (Chicago), participé en el movimiento estudiantil de organizaciones latinas en 1991. Buscábamos que la universidad abriera sus puertas a estudiantes latinos de malas escuelas públicas.

 

El rector James Stukel había mandatado a un vicerrector a dialogar con los alumnos. Como miembro del senado académico, yo sabía que las instancias institucionales eran lentas y burocráticas, por lo que me gustaban hacer manifestaciones que apuraran los cambios sociales. La gradualidad no bastaba.

Paralelamente, veíamos que la universidad estaba dilatando la respuesta al movimiento para las vacaciones de mayo. Esto motivó que un grupo de alumnos se tomara la oficina del rector por sorpresa. Considerado como demasiado cercano al sistema, no fui informado, pese a ser uno de los pocos representantes estudiantiles democráticamente electos en UIC. La toma me sorprendió en una sesión de una comisión del senado universitario en el piso 27.  Rápidamente, me sumé a la toma y entramos a la oficina del rector en el piso 28. 

 

Considerando que el rector había logrado avances en incorporar latinos y negros a la universidad como alumnos, trabajadores y profesores, la ocupación me pareció un exceso. La decisión del rector de ordenar a la policía de UIC a desalojar el lugar también me pareció excesiva. Los que salimos por las buenas, fuimos escoltados hasta la estación de policía de la UIC, donde se nos dejó libres al cabo de unas horas. Los que se resistieron, fueron fichados y procesados por trespassing (traspasar ilegalmente), pero la universidad finalmente no presentó cargos en su contra.

 

La frustrada toma gatilló la inmediata creación de una comisión especial del rector para mejorar la situación del emblemático centro cultural latino de UIC. La primera sesión se destinó en su totalidad a una extensa discusión sobre si las sesiones debían ser grabadas. En la segunda, disminuyó mucho la asistencia.

 

 Para cuando salimos de vacaciones, ya pocos asistíamos a las reuniones. El plan quinquenal para fortalecer el centro cultural latino lo terminamos con dos profesores durante el verano. La movilización se había diluido después de la intensa toma. Aprendí que era más fácil provocar una toma que hacer la lenta y burocrática transformación de dicho movimiento en reformas y mejoras concretas. Cuando me encuentro con compañeros de pregrado en UIC, recordamos las marchas y la toma. Pero somos menos los que recordamos la pega que vino después para diseñar e implementar cambios en esa universidad que hoy es de las que gradúan más estudiantes latinos en el medio-oeste estadounidense.