Improbable candidato

Patricio Navia

La Tercera, octubre 2, 1011

 

Andrés Velasco no es el primer custodio de las cuentas fiscales que aspira a ser el capitán del barco nacional. Pero los atributos que se precisan para ser buen ministro de Hacienda no necesariamente ayudan a ser un buen jefe de Estado o un candidato presidencial exitoso.

 

En Hacienda, Velasco ejerció un poder superior al de sus predecesores. La Presidenta Bachelet le confió una influencia que ningún mandatario anterior otorgó a los titulares de esa cartera. Su responsabilidad fiscal hizo que Velasco sumara más enemigos que amigos. Fue inolvidable el arrebato del senador DC Adolfo Zaldívar, que compró una página de un diario para expresar públicamente su descontento con el hombre que manejaba bastante más que las cuentas fiscales en el gobierno anterior.

 

Esa disciplina fiscal en los años de vacas gordas permitió ahorrar recursos que sirvieron para aminorar el impacto negativo cuando llegó la crisis. Bachelet dejó las cuentas en orden y la billetera llena. Producto de la reconstrucción y por la presión de las demandas estudiantiles, pero también porque el custodio actual de las cuentas fiscales no tiene ni el celo ni el poder de Velasco, el gobierno de Piñera ha sido bastante menos disciplinado fiscalmente. La contribución de Velasco en Hacienda fue notable, loable e incuestionablemente meritoria.

 

Pero la presidencia exige atributos distintos. Los mandatarios deben balancear objetivos contrapuestos. La disciplina fiscal siempre está en tensión con las urgentes necesidades sociales, con atractivas oportunidades de inversión pública y con la legítima aspiración de los parlamentarios de aumentar el gasto en sus distritos. Un titular de Hacienda busca la aprobación de organismos internacionales y de los inversionistas. Un presidente debe aspirar a dejar contentos a muchos más, desde el FMI hasta a sus más acérrimos detractores.

 

Adicionalmente, para llegar a la más alta magistratura, primero hay que ser buen candidato. Sobran las historias de políticos notables que, por no haber sido buenos candidatos o por no atreverse a intentarlo, han pasado a la historia como potenciales grandes presidentes.

 

No es fácil. Además del carisma y la buena fortuna (que te permita enfrentar a aspirantes con atributos más débiles), se precisa capacidad de saber cuándo escuchar y cuándo -y cómo- hablar. Un buen sheriff, académico o activista social no es automáticamente un buen candidato. Pero ser ex ministro de Hacienda tampoco impide serlo. El contexto de la campaña importa y las fortalezas y debilidades de los adversarios influyen. No por nada, los presidentes siempre son distintos a sus antecesores. No hay una sola fórmula exitosa ni un camino único para llegar a La Moneda.

 

De ahí que el único requisito necesario -no suficiente- para ser buen candidato sea tener la determinación y la voluntad de serlo. Un aspirante a novio no puede decirle a su pretendida que él está dispuesto a pedirle matrimonio si el pretendiente mejor conocido opta por no hacerlo. Un aspirante a candidato tampoco puede condicionar su candidatura a que otros no se presenten. Andrés Velasco no será un candidato creíble mientras no demande primarias concertacionistas y comprometa su participación, independientemente de lo que haga la ex Presidenta Bachelet. Mientras mantenga su estrategia de presentarse sólo en caso de ausencia de Bachelet, Velasco difícilmente entusiasmará a un electorado que no quiere premios de consuelo en La Moneda.