Liderazgo, autoridad y tragarse sapos

Patricio Navia

La Tercera, septiembre 29, 2011

 

Solo cuando están dispuestos a tragarse algunos sapos y son capaces de neutralizar a los radicales que se niegan a aceptar compromisos, los líderes de un movimiento logran convertirse en artífices de reformas. Si ceden ante las posiciones extremistas o aceptan con demasiada facilidad los tragos amargos, devienen en símbolos de movimientos frustrados que, en vez de avanzar en la dirección correcta, optaron por posiciones de pureza tan loables como inútiles y tan principistas como paralizantes.

 

Los líderes más reconocidos -y populares- del movimiento estudiantil, Camila Vallejo y Giorgio Jackson, enfrentan el dilema de ser intransigentes y no aceptar una victoria parcial o negociar y ser llamados traidores por los extremistas. Si equivocan el camino, dejarán pasar una inmejorable oportunidad para hacer de Chile un país más igualitario y justo.

 

Al sentarse a la mesa de negociación, los actores deben aceptar que no se pueden quedar con todo. Ya sea porque no tienen suficiente poder para imponer su voluntad unilateralmente o porque hay que ayudar al perdedor a demostrar a sus huestes que también logró algo, es preciso que todos reciban al menos parte del botín. Una derrota humillante para el gobierno generará incentivos para incumplir acuerdos o dilatar la negociación. Si el gobierno no ve la oportunidad de obtener también algún beneficio, preferirá la obstrucción y el bloqueo, aun a costa de que todos terminen hundiéndose.

 

Todos los involucrados precisan de una salida digna en la negociación. Aquellos que llegan a la mesa como ganadores deben enfrentar a sus huestes más radicalizadas, que quieren dejar a la contraparte sin pan ni pedazo. De hecho, el principal desafío de los líderes de los movimientos sociales exitosos es neutralizar a los radicales, que siempre aspiran a imponer sus propios temas en la agenda.

 

La negociación actual se produce en un momento histórico crítico de las negociaciones que realizó la Concertación con la dictadura de Pinochet. Después de que los partidos de izquierda concertacionista pasaron, en palabras de Alfredo Jocelyn-Holt, del avanzar sin transar, al transar sin parar, la necesaria disponibilidad a transar está desacreditada. Pero las opciones para los líderes estudiantiles no son la intransigencia militante o el entreguismo (que encuentra apetitosos los sapos que hay que tragar). Parafraseando a Patricio Aylwin, la política se hace en la medida de lo posible. La historia se construye a partir de avances y retrocesos, no con posturas inmaculadas y paralizante principismo.

 

En Chile, los movimientos sociales han sido exitosos y han recibido el apoyo popular sólo cuando sus demandas son razonables, moderadas y de sentido común. El apoyo al movimiento estudiantil se construye a partir de esa lógica. La gente aplaude que los jóvenes quieran estudiar, apoya la propuesta de que el Estado ayude a financiar la educación-con becas a los más necesitados y préstamos con tasas de interés razonables para el resto- y que las universidades respeten la institucionalidad vigente. La gente quiere educación de calidad, igualdad, protección y oportunidades. Pero con la misma fuerza, los chilenos quieren que los problemas se solucionen. La intransigencia, eventualmente, se sanciona en las encuestas de opinión pública y siempre se castiga en las urnas.

 

Jackson y Vallejo enfrentan un momento crítico. Si asumen el rol de liderazgo que la sociedad espera de ellos, tendrán que tragarse varios sapos en la negociación y serán blanco de severas críticas de sus correligionarios, que los acusarán de traidores y entreguistas. Si en cambio buscan satisfacer los reclamos de los más ultras en el movimiento, dejarán pasar la oportunidad de materializar las demandas en reformas y mejoras concretas. Sólo cuando tienen líderes hábiles, valientes y capaces, los movimientos sociales transforman sueños en realidades. Jackson y Vallejo pueden asumir el desafío histórico y pasar de ser voceros a ser líderes. Si no lo hacen, el movimiento se diluirá en una mesa de negociación capturada por posiciones extremas que, irónicamente, no aceptan negociar.

 

Las negociaciones no producen héroes, pero cuando los acuerdos son amplios y legitimados por la sociedad, el país progresa, y lo que se pierde de la poesía de las marchas se gana en la prosa de una sociedad más justa y más igualitaria.