Adiós al Conde

Patricio Navia

La Tercera, septiembre 12, 2011

 

Más que su frustrado intento por llegar a la presidencia o su destacado desempeño como ministro de relaciones exteriores en el sexenio de Frei Montalva, el principal legado de Gabriel Valdés fue su invaluable contribución a la creación de la Concertación y a la recuperación de la democracia.

 

Su celebrado desempeño en la cancillería del gobierno de Frei Montalva lo puso en la lista corta de presidenciables DC. Pero el camino no estaba fácil. En 1970, fue el turno de Radomiro Tomic. En 1976, Frei Montalva quería volver a ser candidato. Comprensiblemente, Valdés optó por ganar experiencia fuera de Chile. El golpe militar lo encontró en la dirección del PNUD en Nueva York. Allí se convirtió en temprano articulador de la recuperación democrática, construyendo puentes entre el PDC y la izquierda democrática. Después de su regreso a Chile—poco antes de la sorpresiva muerte de Frei Montalva—“El Conde” se consolidó como líder natural de la Alianza Democrática, desde donde posteriormente nacería la Concertación.

 

Como cabeza del partido más importante, y más moderado, de la oposición, Valdés demostró valentía y coraje, tanto para levantarse contra la tiranía así como para oponerse a las estrategias violentistas con que algunos torpemente buscaban derrotar a la dictadura. En años en que dominaba el miedo paralizante en algunos y las tentaciones guerrilleras en otros, Valdés inspiró a muchos como un demócrata convencido y moderado que sabía que había más opciones que Pinochet o el caos.

 

No obstante, el coraje moral y la sabiduría que demostró como líder e inspirador de la transición a la democracia no fueron suficientes para convertirlo en el primer presidente democrático después del plebiscito.  Valdés carecía de dos atributos clave para alcanzar la presidencia.  Valdés perdió la nominación de 1989 ante Patricio Aylwin porque no supo jugar con las reglas que siempre han regido las internas partidistas. AL interior del partido no gana el más popular, sino el que tiene la mejor máquina.  El repetido reclamo de Valdés contra Aylwin, que aprovechó la máquina de sus operadores para quedarse con la nominación del partido, refleja que Valdés nunca quiso aceptar las reglas que Aylwin y sus operadores entendieron tan bien. Posiblemente, si entonces las encuestas hubieran pesado más, Valdés hubiera tenido mejor suerte.

 

En 1993, esas mismas encuestas lo dieron una inalcanzable ventaja a Frei Ruiz-Tagle. Después de arrasar en su re-elección como senador en 1997, Valdés dejó pasar su última opción en 1999, cuando no se animó a desafiar a Ricardo Lagos. Con casi 80 años, Valdés ya no estaba en su mejor momento. Pero además, y ahí su segunda carencia, tampoco parecía tener esas ganas irresistibles que precisan los candidatos para salvar todos los obstáculos y dar todas las batallas que requieren las candidaturas presidenciales. El apodo de “Conde” y las constantes referencias a su abolengo escondían también la crítica a su falta de voluntad para hacer el trabajo sucio que inevitablemente requieren las campañas.

 

Afortunadamente para la democracia chilena, Valdés sí demostró coraje de sobra cuando lideró el avance por un sendero amenazado por la brutal represión pinochetista y por el llamado a la lucha armada que entonces impulsaban sectores de la izquierda. Por esa valentía, su presencia como presidente del Senado en la histórica foto de la toma de posesión de Aylwin está plenamente justificada. La transición pactada a la democracia—con sus fortalezas y debilidades—sellada en la toma de poder de Aylwin, con Pinochet en la misma testera, fue posible gracias al liderazgo moderado de Valdés y otros líderes DC. El “Conde” que no estuvo dispuesto a enlodarse en el barro de las negociaciones políticas para ser presidente, si entró a la arena de las negociaciones y pactos no siempre loables que aseguraron una transición pacífica a esta democracia que, hoy por hoy, como atestiguan las calles, goza de una formidable salud.