La etapa más difícil

Patricio Navia

La Tercera, septiembre 4, 2011

 

El riesgo que corría el movimiento estudiantil al demorar en exceso aceptar sentarse a la mesa de negociación era que, cuando finalmente se diera el apretón de manos entre el Presidente Piñera y los emblemáticos líderes, la opinión pública ya no tendría las marchas como su primera prioridad noticiosa.

 

El trágico accidente aéreo en Juan Fernández, imprevistamente, ha reforzado este dilema. Parte de la fuerza de los estudiantes emanaba de la incuestionable prioridad que la opinión pública ha brindado a sus demandas. Aunque el efecto noticioso del lamentable accidente también disminuirá con el paso de los días, en la dinámica de los medios siempre hay nuevas noticias que compiten por los titulares. De ahí que, más que creer que el movimiento volverá a retomar el primer plano, los alumnos debieran asegurar ahora la mayor cantidad posible de concesiones del gobierno. El momento de gloria del movimiento, al menos en esta temporada, ya pasó. Por otro lado, siempre habrá oportunidades para nuevos levantamientos estudiantiles en el futuro, que permitan lograr nuevas concesiones de este o de los próximos gobiernos.

 

Es peligroso estirar el elástico buscando conseguirlo todo. Es mejor dar pasos concretos en la dirección correcta, cuidando no romper la institucionalidad. Aunque ahora sea blanco de justificadas críticas, la Concertación aprendió que se podía llegar lejos avanzando incrementalmente. El gobierno de Piñera, en cambio, tras enorgullecerse de que en 20 días pudo hacer más que la Concertación en 20 años, ha debido aceptar que, a veces, aspirar a menos permite conseguir más.

 

Ahora que sus líderes se sentaron a la mesa a negociar, comienza el desafío más complejo para el movimiento estudiantil. No es fácil asegurar que los proyectos de ley sean finalmente promulgados y produzcan cambios institucionales y culturales. Comparativamente, movilizar cientos de miles en las calles resulta más fácil que lograr que los acuerdos se plasmen en realidades. Además, resulta más fácil entusiasmar a la gente para que salga a marchar y desate su creatividad en carteles y performances artísticas que motivarlos para seguir los procesos legislativos y presionar a gobiernos y parlamentarios a que cumplan sus promesas.

 

Comprensiblemente, varios líderes estudiantiles creían que sentarse a negociar representaba inevitablemente una forma de rendición. Cuando se constituyen mesas de negociación, la naturaleza del conflicto cambia. El campo de batalla favorece al gobierno porque el proceso político siempre incluye obstáculos que dificultan la materialización de las reformas que demandan los grupos movilizados.

 

Razonablemente, los estudiantes dudan de aquellos que les piden deponer las movilizaciones. Después de todo, hay razones para ser desconfiados. Pero cualquier análisis frío desde una perspectiva de simpatía con las movilizaciones también indica que la ventana de oportunidades para capitalizar el impacto del movimiento en logros concretos ya comienza a cerrarse.