Malagradecidos con el Sheriff

Patricio Navia

La Tercera, julio 23, 2011

 

La importancia que la gente atribuye a combatir la delincuencia no se condice con la poca valoración que históricamente han tenido los encargados de seguridad ciudadana. El uniforme de sheriff no es la mejor vestimenta para competir por una nominación presidencial. Es más, los costos que involucra liderar una campaña donde el gobierno nunca podrá declararse victorioso superan los poco lucidos beneficios de liderar exitosamente el combate contra la delincuencia.

 

El mejor determinante de la preocupación de la gente con la delincuencia es la situación económica. Cuando la economía anda bien y disminuye el desempleo, las encuestas inevitablemente muestran un aumento de la preocupación de la gente con la delincuencia. Esto, porque los sondeos siempre preguntan sobre las principales prioridades de política pública. Como siempre hay que escoger tres prioridades, la gente menciona más la delincuencia cuando el desempleo deja de ser un problema. Es verdad que hay algunos para quienes la delincuencia siempre es una prioridad. Pero para la mayoría, el combate a la delincuencia pierde importancia cuando aumenta el desempleo.

 

Para los sectores de menos ingresos, el desempleo siempre es más importante que la delincuencia. Cuando aumenta el empleo, los sueldos o la inflación se convierten en prioridades. Para los sectores de ingresos altos, la delincuencia -y, en años recientes, la educación- son más importantes que el empleo. Pero en esos grupos, la identificación política es más marcada y la intención de voto menos fluctuante. Ya que la mayoría de ellos favorece a los partidos de derecha, preocuparse por la delincuencia equivale, para un político de ese sector, a predicarles a los conversos. No se ganan votos.

 

Cuando hay bonanza económica, la preocupación por la delincuencia en los sectores populares aumenta. Pero resulta muy difícil mostrar resultados que convenzan al electorado que el gobierno está ganando la batalla. Mientras más habla el gobierno de sus logros, más presente está el tema en la opinión pública. Por otro lado, aunque se avance en reducir el crimen, las experiencias anecdóticas o los casos aislados influyen en las percepciones. Es más, como siempre habrá un indicador de delincuencia que empeore, la única conclusión posible es que, en recientes palabras del propio Sebastián Piñera, "tal vez nunca vamos a ganar la guerra contra la delincuencia".

 

Adicionalmente, la seguridad ciudadana corresponde al ámbito de políticas públicas que la gente considera obligaciones del Estado. Te castigan si no lo haces, pero no te premian si lo haces. En contraste, las políticas de protección social son consideradas esfuerzos especiales del gobierno. De ahí que los gobernantes que se visten con uniforme de sheriff tiendan a fallar en su intento por capitalizar política y electoralmente sus esfuerzos. Después de una fugaz intentona por convertirse en el sheriff de la patria a mediados del gobierno de Lagos, José Miguel Insulza dejó esas labores a sus subsecretarios. Ninguno de ellos hizo carrera política. En el Senado, su preocupación por temas de seguridad no ha ayudado a Alberto Espina a entrar en la lista de presidenciables. Tras ser el hombre de seguridad de Michelle Bachelet, Felipe Harboe llegó a la Cámara por un enroque con Carolina Tohá. El propio fiscal Alejandro Peña pasó de ser un autoasignado zar antidelincuencia a un puesto secundario en Interior.

 

Los políticos que devienen en jefes de seguridad difícilmente pueden, con esa estrategia, pavimentar su camino a la presidencia. Esto es especialmente cierto para políticos de derecha cuando la situación económica es favorable y hay otros políticos implementando programas sociales novedosos.