Después del desengaño

Patricio Navia

La Tercera, julio 9, 2011

 

Ahora que parece cada vez más difícil que su gobierno sea tan transformador como el de Patricio Aylwin y en la medida en que la Alianza parece resignada a que su primer gobierno democrático en 50 años sólo puede aspirar a ser discreto, el Presidente Sebastián Piñera debiera aceptar que en política cuando se aspira a menos se puede terminar cosechando más. Junto a abandonar su sueño de ser un gobierno de transición (¿desde la democracia a qué?), debiera centrar sus esfuerzos en realizar unos pocos cambios significativos y evitar más errores. Además de optimizar sus posibilidades de éxito, Piñera fortalecerá la percepción de que las soluciones no siempre pasan por el Estado, posición, además, compatible con los principios de su sector.

 

Al asumir el poder, contrario a lo que señalan las leyes no escritas de la política, Piñera se esmeró en subir todavía más las expectativas. Su polémica frase de "en 20 días hemos avanzado más que otros en 20 años" subrayó tanto el comprensible entusiasmo del nuevo gobierno como también las altas metas que tenía el Presidente sobre lo que sería capaz de hacer en un cuatrienio. Pero los inevitables errores no forzados, las piedras en el camino y la compleja coyuntura social terminaron por aterrizar violentamente las expectativas. Las excusas por la lentitud de los cambios, los señalamientos -no siempre injustificados- a los gobiernos anteriores por los conflictos sociales heredados y la insuficiente capacidad para enfrentar los complejos desafíos políticos hicieron que el gobierno tropezara en demasía. En las últimas semanas, La Moneda ha estado, literalmente, inmovilizada por los movimientos sociales. El reciente anuncio presidencial ofreciendo un gran acuerdo nacional para la educación superior fue el último ejemplo de que el gobierno se mantiene en una posición reactiva y que la agenda nacional se impone desde la calle.

 

Para la oposición, la baja aprobación presidencial ha sido motivo de satisfacción. Aunque también genera rechazo, la Concertación se esperanza en que el país ya esté listo para desalojar a la derecha de La Moneda. No pocos en la Alianza se han sumado a las críticas, pidiendo reajustes de gabinete. Comprensiblemente, el Presidente ha resistido a las presiones.

 

Pero La Moneda no puede desconocer la crisis. El Presidente debiera aceptar que el suyo no será el gobierno más transformador de la historia. Dado que el país no está en crisis y que los gobiernos anteriores hicieron las cosas relativamente bien, no se precisa de un gobierno fundacional. Más bien, se requiere de una administración capaz de ajustar el modelo con reformas graduales, moderadas y cuidadosamente diseñadas. Nadie mejor capacitado para ese objetivo que un gobierno cuyo norte siempre ha sido la eficiencia. Esa estrategia supone que el Presidente abandone las expectativas injustificadamente altas y acepte que su gobierno será sólo discreto. Si logra realizar algunas reformas importantes, entonces podrá postular a una categoría superior y clasificar como un buen gobierno, incluso como uno memorable.