El brazo derecho

Patricio Navia

La Tercera, junio 11, 2011

 

La presión sobre el Presidente Piñera para que reemplace a su ministro del Interior subraya tanto la importancia de esta cartera, como la compleja relación que inevitablemente existe entre el Mandatario y su jefe de gabinete. Porque un cambio de ministro del Interior siempre resulta costoso y más aún cuando involucra a su colaborador más cercano y de mayor confianza, Piñera parece decidido a defender a su titular de Interior. Ya que no existe un solo perfil exitoso de ministro del Interior, la confirmación de Hinzpeter refleja que Piñera cree que el riesgo y los costos de intentar un nuevo modelo de jefe de gabinete superan ampliamente los considerables costos que pagará el Presidente con el principal partido de su coalición al mantener en el gobierno a su más fiel aliado. 

 

No todos los cambios de gabinete pesan igual. Además del número de carteras involucradas y de la cantidad de nombres y enroques, un ajuste es trascendental sólo si incluye al jefe de gabinete. Desde el retorno de la democracia, Hacienda ha sido el único ministerio inamovible (aunque Aninat renunció hacia el fin del periodo de Frei). En cambio, Interior está entre los ministerios más inestables. Fue ocupado por nueve personas en cuatro gobiernos de la Concertación. Si bajo Aylwin, Krauss se mantuvo por todo el cuatrienio, con Bachelet hubo tres ministros en cuatro años. Los casi cinco años de Insulza como jefe de gabinete durante el gobierno de Lagos -después de haber ejercido la jefatura de gabinete de facto desde el arresto de Pinochet en Londres, en 1998, en las postrimerías del gobierno de Frei- fueron de una excepcional continuidad. Si para Frei y Bachelet los ministros del Interior fueron útiles fusibles, la permanencia de Insulza constituyó un elemento esencial de gobernabilidad en el sexenio de Lagos.

 

La relación que existe entre el Presidente y el titular de Interior refleja las tensiones de nuestra democracia. Aunque a veces asuma el papel de jefe de gobierno, el ministro del Interior es un primus inter pares en un gabinete donde todos los miembros son de exclusiva confianza. Cuando cuenta con la confianza del Mandatario -como Enrique Krauss con Aylwin o Carlos Figueroa y Raúl Troncoso con Frei- se produce una saludable relación de complicidad. Cuando son incapaces de desarrollar esa confianza, la tensa relación es inconducente a la gobernabilidad, como ocurrió con Andrés Zaldívar y Belisario Velasco en el cuatrienio de Bachelet. 

 

En ocasiones, se construye confianza a partir del desempeño, como lo hizo Insulza con Lagos. Aunque no eran amigos, supieron desarrollar una exitosa relación de trabajo, a partir de personalidades y fortalezas complementarias. Si Lagos era el estratega de largo plazo, Insulza era un táctico excepcional. Mientras Lagos pensaba y construía el futuro, Insulza solucionaba los problemas cotidianos. Compartir una misma hoja de ruta minimizó el efecto negativo de las inevitables suspicacias que sólo una relación de años de trabajo en conjunto pueden eliminar. Siendo tan distintos, Lagos e Insulza conformaron una exitosa dupla de Presidente y jefe de gabinete.  

 

No basta con tener fortalezas complementarias. Si no hay unidad de propósitos, el resultado es deficiente. Cuando nombró a Pérez Yoma, Bachelet buscó un ministro de Interior que supliera sus propias debilidades.  Pero primó la desconfianza y no se desarrolló la complicidad. Tal vez el problema lo tuvo Bachelet y no sus tres ministros de interior, pero en su cuatrienio nunca funcionó la dupla clave de la gobernabilidad.

 

Piñera buscó un ministro del Interior de su total confianza, con experiencia de complicidades y con fortalezas y debilidades similares a las propias. Al hacerlo, potenció sus puntos fuertes, pero dejó demasiados flancos débiles abiertos. La Moneda no buscó línea directa con los partidos. La tecnocracia no dejó espacio a la política. Lo que Piñera ganó en lealtad personal, lo perdió en capacidad de construir puentes.

 

Por eso, ahora que el gobierno está en problemas, la incitación al "Hinzpetercidio" nace de la propia coalición derechista. Contraproducentemente, mientras más fuertes los clamores por un cambio de gabinete, más se aferrará el Presidente a sus más leales colaboradores. Ceder y nombrar a un político como jefe de gabinete representaría una capitulación que, desde La Moneda, todavía parece evitable.

 

Comprensiblemente, el Presidente le ha pedido a Hinzpeter que fortalezca la relación con los partidos. Pero si Piñera no ha sido capaz de hacerlo, difícilmente lo logrará el ministro que más se le parece. Aunque haya hecho un llamado a corregir el rumbo y dotar de más habilidades políticas al gobierno, da la impresión que Piñera quiere ganar tiempo para que la nueva forma de gobernar y el relato de eficiencia empiecen a rendir frutos. La apuesta es arriesgada, pero la ratificación de Hinzpeter en Interior parece indicar que el Presidente se ha decidido por esa estrategia.