Flecha DC en dirección equivocada

Patricio Navia

La Tercera, enero 8,2011

 

La estrategia de los presidenciables del PDC de construir un camino a La Moneda a través del control del aparato partidista constituye un error estratégico. La flecha DC está apuntando en la dirección equivocada.

 

Después de 10 años fuera de La Moneda, la DC parece determinada a reencontrarse con sus legendarias victorias. La derrota de Eduardo Frei en 2010 fue especialmente dolorosa, porque dejó el sabor de que la DC perdió precisamente por no defender sus históricas posturas moderadas. El hecho de que un hijo pródigo de la familia DC, el ahora RN Sebastián Piñera, haya ganado con un discurso que simbólica y explícitamente recordaba lo mejor de la historia DC fue añadir un insulto a la dolorosa derrota. Después de todo, el partido mejor posicionado para capitalizar la creciente moderación de los chilenos y su aceptación del modelo social de mercado es precisamente el partido que lo desarrolló.

 

Ya era hora de ver las primeras intentonas DC por construir una candidatura para desafiar al interior de la Concertación el aparentemente inevitable retorno de la ex Presidenta socialista Michelle Bachelet. Liderando la revuelta falangista aparecen el senador Ignacio Walker y el alcalde de Peñalolén, Claudio Orrego. Los despectivamente llamados príncipes -por sus apellidos falangistas ilustres- han dejado en claro que esta vez competirán hasta el final. Aunque ambos generen sospechas por su histórica predisposición a los consensos y a evitar el conflicto, estos "jóvenes" (Orrego tiene 44 años y Walker cumplió ayer 55) ahora sí quieren en serio un cupo en la boleta de candidatos presidenciales en 2013.

 

Los dos hombres, históricamente aliados, entienden que la mejor forma de doblarles la mano a los poderes fácticos del partido es trabajando juntos. El momento para enfrentarse por un premio indivisible vendrá después.

 

Pero tanto Orrego como Walker, actual presidente de la DC, creen que hay que partir desde el corazón de la DC. Pero lo que funcionó con Eduardo Frei en 1964, Patricio Aylwin en 1989 y Eduardo Frei Ruiz-Tagle en 1993 ya es un camino estropeado. La poca credibilidad de los partidos, su falta de legitimidad y de democracia interna, y la captura por parte de grupos de interés altamente ideologizados, que no representan a los votantes ni a los simpatizantes (ni tampoco comulgan con la mayoría moderada del país), hacen contraproducente iniciar el camino a La Moneda desde los partidos.

 

De hecho, los últimos tres presidentes llegaron al poder prescindiendo de los partidos. Lagos inventó su propio partido instrumental. Bachelet fue proclamada por el PS porque era popular, no fue popular gracias a ser proclamada por el PS. Piñera, a su vez, construyó a cuentagotas su popularidad y logró imponer su nombre ante la resistencia de RN a partir de los datos de las encuestas.  En los tres casos, los partidos se sumaron a la popularidad personal del candidato.

 

Para 2013, los nombres que ya se anotan en la lista de presidenciables son mucho más que los partidos en los que militan. Tanto Lavín como Bachelet, y en mayor medida el independiente Golborne, los presidenciables saben que la popularidad es el mejor imán para atraer el apoyo partidista. Después de todo, los partidos saben que son mucho mejores para poner sus soldados y equipos técnicos al servicio de un candidato popular que para intentar darle popularidad a uno de los suyos.

 

Walker y Orrego correctamente señalan que no se puede gobernar sin partidos. Pero la evidencia reciente parece indicar que tampoco se puede ganar cuando se está demasiado cerca de los partidos. La secuencia victoriosa parece ser construir popularidad personal y, a partir de eso, esperar que se sumen los partidos. Trabajar por la popularidad es más importante que conquistar la lealtad partidista. De ahí que por más ganas que tenga de volver a La Moneda, la flecha DC parece estar en un arco estructuralmente incapacitado de apuntar exitosamente al blanco.