La Concertación en 2010: ¿Quién dijo que todo está perdido?

Patricio Navia

La Tercera, Anuario, diciembre 2010

 

La mejor evidencia de la crisis por la que atraviesa la Concertación es la caída en las encuestas, tanto en el porcentaje de gente que se identifica con esa coalición, como en la aprobación a su desempeño. Afortunadamente, se puede ganar pese a tener poca adhesión. Basta un candidato popular que convierta la campaña en una disputa sobre atributos personales (como lo demostró la Alianza en 2009). Por eso, si bien la solución de largo plazo a la crisis concertacionista pasa por su reinvención, sus posibilidades de volver al poder en 2014 dependen del rompecabezas de la candidatura presidencial.

 

Cuando la encuesta CEP preguntó por primera vez por la identificación con las coaliciones políticas en 1994, un 47% se identificó con la Concertación y solo un 19% con la Alianza. Durante el gobierno de Frei, cayó a un 37% en 1999. Aún así, era el doble que la Alianza (37% versus 20%). Durante el sexenio de Lagos, la Concertación mantuvo su predominio. En 2005, un 38% se identifica con la coalición de gobierno y solo un 22% con la Alianza. Bajo Bachelet, la Concertación siguió perdiendo adeptos. En 2009, el 26% se identificaba con la Concertación, pero sólo el 18% con la Alianza.  Peor aún, durante los dos últimos años de Bachelet, la Concertación apenas superó a la Alianza en aprobación. En la encuesta Adimark de diciembre de 2009, la aprobación a la Concertación fue de 31% y la de Alianza llegó al 30%. Desde que llegó al poder en marzo, la Alianza ha visto mejorar su aprobación (43% en noviembre), mientras que la Concertación ha seguido en problemas (30% de aprobación). Pero en la encuesta CEP de mediados de 2010, todavía un 26% se identificaba con la Concertación y solo un 21% con la Alianza.

 

Después de marzo de 2010, la renovación de los partidos en la Concertación evidenció que los poderes fácticos que acompañaron a la candidatura de Frei -y fueron co-responsables de su derrota-no tenían intención de dar un paso al costado. Eso extendió el inevitable debate sobre las responsabilidades por la derrota. Hasta hoy se suceden las disputas sobre lo que se hizo bien y mal en sus 20 años en el poder. En la batalla más reciente, los autoflagelantes y autocomplacientes se enfrentaron respecto a las responsabilidades por la crisis carcelaria. Antes se habían visto las caras por las responsabilidades frente al terremoto, la disminución de la pobreza y la seguridad en las minas.

 

La presencia de los ex presidentes Lagos y Bachelet contribuye a quedar estancados en el debate del por qué de la derrota. Por más que insistan en que no quieren ser candidatos en 2013, las gigantescas sombras de los ex presidentes evitan el crecimiento de nuevos líderes. Peor aún, el esfuerzo de Lagos por convertirse en el garante del recambio (una forma de renovación protegida) distorsiona aún más lo que debería ser un proceso de competencia volcado a la ciudadanía y no a los aparatos de poder partidistas.

 

Ya que es más fácil ganar con un candidato popular que reinventándose, muchos en la Concertación se han aferrado a Bachelet. De hecho, ese es el predicamento actual de la Concertación y la duda existencial que ha marcado su primer año fuera del poder: construir nuevos liderazgos con probabilidades de victoria mucho más inciertas o reagruparse en torno a su popular ex presidenta.  Ese debate ha teñido los debates en la Concertación. Aunque se den en campos de batalla distintos -como el debate sobre la inclusión del PC, el royalty o las responsabilidades de los gobiernos anteriores en las crisis actuales-, la vieja disputa entre autocomplacientes y autoflagelantes ahora se ha mezclado con las discrepancias entre prospectivos y retrospectivos. Los autocomplacientes pueden ser prospectivos (como Walker) o retrospectivos (como Lagos y sus protegidos Carolina Tohá o Lagos W.). A su vez, los autoflagelantes pueden mirar hacia el futuro (Girardi y los que quieren incorporar a todos los que se fueron) o bien apostar por el pasado (muchos bacheletistas en el PS y PPD que apoyan un pacto electoral con el PC, pero no con ME-O).

 

Cuando hay demasiados bandos, las disputas se desordenan y los realineamientos se hacen más fluidos. En 2010, la Concertación vivió un año difícil, con demasiadas facciones y multiplicidad de lecturas retrospectivas y prospectivas. Bien manejado, ese aparente desorden puede devenir en positiva fluidez de ideas que permita reinventar a la coalición. Es verdad que la urgencia de concordar un candidato -o al menos un mecanismo de selección- antes de la municipal de  2012 llevará a la coalición a centrarse más en nombres que en propuestas, en personas que puedan ganar más que en ideas que puedan convencer. Pero si la Concertación es capaz de hacer ambas cosas a la vez -potenciar liderazgos y debatir ideas-, entonces 2010 será recordado como el año en que, en medio del caos -y tapado por la sombra de los ex presidentes-, se inició un proceso de refundación de la que ha sido la coalición política más exitosa en la historia de Chile.