La aspirina del voto en el exterior

Patricio Navia

La Tercera, octubre 9, 2010

 

Las verdaderas amenazas a nuestra democracia radican en la exclusión de muchos de los que viven dentro del país.

 

Otorgar a los chilenos residentes en el extranjero el derecho al sufragio es un paso en la dirección correcta. Pero en el contexto de los desafíos que enfrenta nuestra democracia, esa medida equivale a tomarse una aspirina para un dolor de cabeza provocado por un tumor que amenaza con volverse maligno.

 

Hace rato que Chile debió ponerse al día con las democracias consolidadas del mundo y modernizar su institucionalidad del sufragio para permitir votar -al menos en elecciones presidenciales- a los residentes en el extranjero. Pero nuestra situación sigue siendo preocupante en la guerra por la consolidación de una democracia para todos, donde se respete el principio de "una persona, un voto".

 

Uno de cada tres chilenos en edad de votar no está inscrito en los registros. La gran mayoría de los marginados son menores de 40 años. Peor aún, mientras menores ingresos y menos educación, más probable es que esos chilenos que no habían alcanzado la adolescencia cuando se produjo la transición a la democracia estén fuera del sistema. Si no incorporamos pronto a esos "jóvenes" (decenas de miles de los cuales ya tienen hijos adolescentes que tampoco se inscribirán), en dos décadas tendremos una democracia de cota mil. Debatir sobre la obligatoriedad del voto equivale a discutir la conveniencia de cirugía estética recuperativa, olvidándonos del tumor maligno que todavía aqueja al paciente.

 

La reciente elección legislativa en Venezuela desnudó la alternación de las reglas para asegurar que, casi independientemente del resultado, el oficialismo tuviera mayoría absoluta en la Asamblea. Si bien Chávez no parece avergonzarse de su victoria por secretaría, Chile sí debería estar avergonzado de un sistema electoral que, independientemente de los resultados, casi siempre da empate en el Senado. Peor aún, después de haber sido diseñados con maña para favorecer a los partidos aliados de Augusto Pinochet, los distritos de la Cámara de Diputados presentan distorsiones impropias de una democracia saludable.

 

Sólo en la Región Metropolitana, hay distritos con más de 1,5 millón de habitantes y otros que apenas superan los 250 mil. No hay razón que justifique esa violenta distorsión al principio de una persona, un voto. Ya en la reforma de 1989 se vulneró el principio de igual representación a cada región. Con la creación de nuevas regiones, a partir de 2009, el mapa de circunscripciones senatoriales es un monumento a la improvisación y las soluciones parche. 

 

Si bien la experiencia de otros países que han dado el derecho al voto a sus residentes en el extranjero muestra que pocos ejercen ese derecho, enhorabuena que los chilenos que residen en el exterior reciban por fin el derecho a ejercer el sufragio. Pero no celebremos porque una aspirina ha hecho desaparecer el dolor de cabeza. Las verdaderas amenazas a nuestra democracia radican en la exclusión de muchos de los que viven dentro y en la violación flagrante del principio "una persona, un voto".