Golborne: ¿Para qué sirve la popularidad de los ministros?

Patricio Navia

La Tercera, septiembre 5, 2010

 

Es un error aplicar la máxima de "mientras más, mejor" a la popularidad presidencial y la aprobación al desempeño de los ministros. El conocimiento y la aceptación de la ciudadanía son una oportunidad para capitalizar políticamente más que la evidencia de un futuro político promisorio. Si esa popularidad no es usada para promover una causa política y la aprobación no es puesta al servicio de una carrera política, la aceptación ciudadana no pasa de ser un dato anecdótico y el político popular sólo se asegura un lugar en la galería de los personajes políticos que algún día hicieron noticia.

 

En agosto de 2008, los ministros mejor evaluados del tercer gabinete de Bachelet eran el canciller Alejandro Foxley (51%), el titular de Defensa José Goñi (45%) y la ministra de Sernam Laura Albornoz (44%). Un mes después, la ministra de Cultura Paulina Urrutia ocupaba el primer lugar (54%). Entre los tres peor evaluados estaban el titular de Transportes René Cortázar y el ministro del Trabajo Osvaldo Andrade. En marzo de 2009, cuando se quemaban los últimos cartuchos para definir al candidato presidencial de la Concertación, el titular de Hacienda Andrés Velasco era el ministro con la aprobación más alta (57%). Cortázar seguía entre los peor evaluados. Andrade ya había dejado el gobierno para ser candidato a diputado. Aparecer como el ministro mejor evaluado no garantiza una brillante carrera futura. A su vez, la impopularidad en el gabinete no imposibilita el éxito futuro, ya sea en el sector privado, como Cortázar, o en la Cámara de Diputados, como Andrade.

 

Al analizar la popularidad presidencial, se llega a conclusiones similares. Pese a sus bajos niveles de aprobación (28%) y cuando el país enfrentaba una compleja crisis externa, Frei logró entregar la banda presidencial a un sucesor de su misma coalición. Lagos, que enfrentó su último año en periodo de bonanza económica, terminó con un buen nivel de aprobación (59%) y se dio el lujo de pasar la banda a la primera Presidenta. Bachelet, que gozaba de altísimos niveles de aprobación (78%), pese a las complejidades económicas, tuvo que tomarse su última foto como Presidenta junto a un adversario político cuya victoria puso fin a 20 años de dominio concertacionista. No hay evidencia de que se produzca un traspaso de popularidad del mandatario saliente al candidato de su coalición. Peor aún, el capital político que representa una alta popularidad no está inmune a drásticas devaluaciones. Lagos vio desaparecer su popularidad mientras estaba en el gobierno una mujer que había sido su protegida. A su vez, pese a ser abiertamente impopular al dejar el poder, Frei estuvo bastante cerca de volver a La Moneda. Resta por ver qué ocurrirá en 2014, pero Bachelet no se comporta como ganadora segura, pese a los altos niveles de aprobación que tuvo al finalizar su mandato.

 

Indudablemente, ningún político puede despreciar un alto nivel de conocimiento y buenos niveles de aprobación. Pero la popularidad no parece ser ni condición necesaria ni suficiente para éxitos electorales futuros. Abordar cuestiones polémicas y desafíos difíciles puede dañar la aprobación actual y rendir frutos mañana. La alta popularidad puede ser también señal de prácticas populistas o de líderes que evaden hacerse cargo de problemas y enfrentar desafíos. La popularidad puede ser también espuria, accidental y efímera. Por eso, los buenos políticos nunca la pierden de vista, pero tampoco se obsesionan con ella.