El regreso a palacio

Patricio Navia

La Tercera, agosto 21, 2010

 

Parece que ni la Alianza ni la Concertación saben cómo lidiar con la popular ex Presidenta Michelle Bachelet. En un país que se precia de la solidez de sus instituciones, Bachelet es la adversaria más temida por el gobierno, en tanto su liderazgo pesa más que los partidos de la Concertación.  

 

Después de responsabilizar a su administración por el aumento en la pobreza entre 2006 y 2009, La Moneda ofreció una tregua a Bachelet. Días después de que la Dipres aclarara que no hubo irregularidades en el financiamiento del gobierno anterior a organizaciones no gubernamentales, el Presidente invitó a la ex mandataria a un almuerzo. En su primer retorno a La Moneda desde que dejara el poder, Bachelet aprovechó de expresar sus discrepancias con el gobierno. Fue firme, pero cuidadosa en sus críticas. Defendió el legado de la Concertación, criticó las peticiones de renuncias de funcionarios públicos y reprochó las restricciones a las libertades individuales-especialmente de mujeres.

 

Bachelet tiene una inmejorable habilidad para hablarles a los grupos electoralmente más relevantes. Por eso, la selección de los tres temas, de muy distinto peso histórico, no fue aleatoria. Reflejó la indiscutible habilidad política de la líder concertacionista.  A los sectores populares, les recordó su compromiso con la red de protección social. A los concertacionistas, les dejó claro que ella defendía mejor que nadie sus empleos. A las mujeres, les recordó que sí hace diferencia el sexo del mandatario.

Los silencios de Bachelet también reflejan su habilidad política. Bachelet no se defendió de los ataques personales, pero sí defendió el legado de protección social de la Concertación. Como era impresentable criticar a un gobierno por nombrar funcionarios de confianza, optó por defender la institucionalidad de la Alta Dirección Pública. En vez de criticar a la directora de la Junji por sus dichos que desconocen la diversidad de Chile, Bachelet apuntó sus dardos a un instructivo anónimo.

 

Aunque era lógico esperar que Bachelet respondiera a las críticas recientes, el gobierno se vio sorprendido por las declaraciones. Si bien la vocera insistió en el discurso de unidad nacional, desde la Alianza vinieron duras acusaciones a Bachelet por "la basura que dejó bajo la alfombra".

 

La visceral reacción aliancista demostró la bipolaridad de esa coalición al lidiar con Bachelet. Si bien no ganan nada con atacarla, algunos parecen incapaces de evitarlo. La presencia constante de Bachelet le hace más daño que bien a un gobierno que fue electo para construir un mejor futuro, no para fiscalizar a la administración anterior. Mientras menos se preocupe de lo que hace, hizo o hará Bachelet, más podrá concentrarse el gobierno en construir su propio legado.

 

A su vez, en la Concertación, el discurso de renovación, con su incierto pronóstico, parece extemporáneo. La ex presidenta es más que la Concertación. La coalición que basó su gobernabilidad en la fortaleza de sus partidos enfrenta una singular disyuntiva: Bachelet o el caos. A menos que ella misma desista pronto (evitando cometer el mismo error de Lagos, que esperó hasta fines de 2008), la Concertación parece encaminada a presentar, por segunda vez consecutiva, a un ex presidente como su carta para lograr la renovación de la política.

 

Chile se precia de tener una democracia inmune al populismo y con partidos políticos sólidamente enraizados en la sociedad. Pero la presencia de Bachelet, que opaca a sus aliados y ofusca a sus adversarios, demuestra que nuestros partidos políticos son menos sólidos que los liderazgos personales. Peor aún, la luz de la popular ex presidenta nubla la vista de la coalición centroderechista gobernante.