Caminar al borde de la delgada línea

Patricio Navia

La Tercera, agosto 14, 2010

 

En política, los imponderables son inevitables y las crisis siempre golpean sorpresivamente. Si bien sería mejor no tenerlas, cuando se afrontan exitosamente, las crisis robustecen a los gobiernos, ordenan a sus simpatizantes, limitan la capacidad de acción de sus adversarios y fortalecen la aprobación presidencial y la evaluación del gobierno.

 

Igual que con los terremotos, podemos evaluar las crisis cuando ocurren y medir sus efectos, pero es imposible anticiparlas. Es cierto que hay lugares más proclives a sufrir de sismos. Por eso mismo, los terremotos que ocurren en improbables lugares suelen ser más dañinos. Pero aun en zonas sísmicas, siempre sorprenden y los daños son inevitables. El derrumbe en la mina San José materializó los problemas de seguridad minera, un temor latente, pero de baja prioridad en años recientes. El gobierno debió involucrarse cuando la empresa privada rápidamente se vio superada. Allí, la crisis adquirió una dimensión política. Más allá de los debates técnicos sobre cómo proceder en el intento de rescate y las responsabilidades penales a esclarecer, el accionar político del gobierno ha tenido luces y sombras.

 

Después de haber asumido el poder a días del terremoto, este gobierno aprendió a especializarse en crisis. El atraso en la respuesta inicial tuvo más que ver con la empresa y la inestabilidad de la mina que con la disponibilidad del gobierno. La visita del Presidente Piñera a las 72 horas del accidente buscó enviar un mensaje de control, cercanía y eficiencia. Innecesariamente prematura, su visita a altas horas de la noche y su poco contacto con los familiares obligaron al Mandatario a volver a la mina días después.

 

La presencia permanente del ministro Golborne ha permitido centralizar la respuesta oficial. La vocería gubernamental es de Golborne, no de la vocera de gobierno ni de otros ministros. El Gobierno no puede permitir que el rescate paralice al resto de la administración. Un buen manejo de crisis implica acotar sus efectos, despejando la agenda pública para otras prioridades de gobierno y, en la medida de lo posible, convirtiendo la respuesta a la crisis en un impulso para fortalecer a todo el gobierno. Nadie sabe cuánto durará el rescate, por lo que fue un acierto separar al Presidente y al gobierno de los aconteceres cotidianos en el esfuerzo. Ciertamente, Golborne está imposibilitado de avanzar sus otras prioridades, pero sería desastroso para el país que todo el gobierno estuviera atrapado también en el incierto rescate.

 

El franco y duro reconocimiento del ministro Golborne sobre lo crecientemente difícil que se hace prever un final feliz era necesario. Aunque posiblemente hubiera sido mejor decírselo primero a los familiares. Las malas noticias se dan una sola vez. Las declaraciones de Golborne fueron moderadas por las esperanzadoras palabras del Presidente, que depositó en su ministro cargar con la responsabilidad de las malas noticias. Aunque la estrategia de la dicotomía realista-esperanzadora es utilizada, el Presidente corre riesgos al caminar al borde de la delgada línea que separa la esperanza del engaño. La esperanza nunca se pierde, pero los milagros son ámbito de la fe, no del discurso oficial.

 

Comprensiblemente, el gobierno ha estado activamente realizando encuestas sobre cómo percibe la gente el manejo oficial ante la crisis. Si bien esa estrategia permite corregir rápidamente los errores, también hace más difícil asumir posturas impopulares pero, correctas. Los gobiernos exitosos saben escuchar la voz de la gente, pero también saben ejercer liderazgo y mostrar el camino a seguir.

 

Para un gobierno que definió su línea de flotación a partir de la eficiencia, esta dolorosa crisis pudiera convertirse en una oportunidad para reencontrar su hoja de ruta y retomar el control de la agenda política nacional.