Las tres promesas que me hizo Piñera

Patricio Navia

La Tercera, agosto 1, 2010

 

Dos semanas antes de la segunda vuelta, desde el comando de Sebastián Piñera se difundió un intercambio de correos electrónicos entre el entonces candidato y el que suscribe. Allí, Piñera me ofreció garantías sobre tres aspectos que, durante la campaña, eran considerados debilidades de su candidatura.

 

El primer compromiso era sobre la exclusión del pinochetismo en puestos clave de gobierno. Hasta ahora, el gabinete no tiene pinochetistas. Los funcionarios de la dictadura que hoy ocupan altos puestos de gobierno rechazaron hace rato el legado autoritario. Ciertamente, ha habido momentos más felices que otros. Las declaraciones del entonces embajador en Argentina, Miguel Otero, relativizando los daños de la dictadura, justificaron su pronta renuncia. Pero si utilizamos la misma vara para medir, las cuatro administraciones concertacionistas también tuvieron fallas en su desempeño en derechos humanos. Desde el frustrado intento de Frei por consensuar leyes de punto final, a través de los acuerdos Figueroa-Otero, hasta el indulto de Lagos a Contreras Donaire, el militar responsable del asesinato de Tucapel Jiménez, la Concertación cometió errores peores de los que se podrían imputar al gobierno de Piñera en sus primeros meses. Por eso, en lo que respecta a sepultar el pinochetismo y comprometerse con los derechos humanos, Piñera ha cumplido su promesa.

 

La segunda garantía de Piñera era sobre el elitismo. Por desgracia, el Presidente no ha cumplido. Es verdad que la clase política chilena siempre ha sido elitista y que la gran familia concertacionista terminó capturando importantes espacios de poder y convirtió al Estado en una agencia de empleos. Pero un candidato que denunció el amiguismo y nepotismo de la Concertación no puede justificarse con un empate moral. Además de incumplir un compromiso con la meritocracia, ese elitismo le hace daño al propio gobierno. Las desafortunadas y polémicas declaraciones recientes de autoridades reflejan el desconocimiento sobre la diversidad de Chile. Si esas opiniones devienen en políticas pensadas desde la elite y para la elite, el gobierno incumplirá su promesa de eficiencia y buena gestión y será más difícil combatir la pobreza y reducir la desigualdad. Cuando casi todas las autoridades provienen de los mismos colegios, fueron a la misma universidad y comparten estilos de vida y círculos sociales, las políticas públicas difícilmente responderán a las diversas necesidades de la plural sociedad chilena.

 

La tercera garantía apuntaba a lo que ahora se ha convertido en el problema estructural más profundo de este gobierno: los conflictos de interés. Tan mal lo ha hecho el gobierno, que su defensa sólo busca diferenciar entre potencial conflicto de interés y delito. Si a los gobiernos de la Concertación se les criticó que la esposa del César no sólo debe serlo sino parecerlo, a Piñera se le puede advertir que es más imperante que el propio César también lo parezca. Durante la campaña, las advertencias vinieron desde tribunas comprometidas con el libre mercado y afines a la candidatura de derecha. El propio semanario The Economist advirtió que Piñera debería gobernar para el país y no para sí mismo. Piñera prometió que antes de asumir el poder ya habría vendido sus acciones de Lan y se habría separado de Chilevisión. Por las razones que sean -y aquí ninguna excusa vale- el Presidente no cumplió su promesa. Las excusas en el mejor caso son atenuantes que mitigan la falta. Aunque algunos pudieran pensar que el problema se solucionará con la venta de Chilevisión, la incapacidad de Piñera para crear un cortafuego creíble entre la política y los negocios refleja que, de las tres promesas realizadas, la de los conflictos de interés es la que más le cuesta cumplir. Por sus propias declaraciones, el Presidente parece no entender lo dañino que resulta mantener abierto el flanco de los conflictos de interés. Eso inducirá a que éstos sean más comunes en el resto del gobierno y dará pie para que la sociedad baje la barra de la ética republicana desde lo que es correcto a lo que es meramente legal.

 

A cinco meses de iniciado su gobierno, el legado del Presidente Piñera se construye con aciertos y errores. En lo que respecta a estos tres compromisos personales, Piñera ha cumplido cabalmente el primero, sólo ha cumplido parcialmente el segundo -aunque con consecuencias negativas hasta ahora menores- e incumplido manifiestamente el tercero.