Los golpes no se harán esperar

Patricio Navia

La Tercera, junio 26, 2010

 

La abierta ambigüedad de Michelle Bachelet respecto de una posible candidatura presidencial en 2013, amenaza con desviar la atención de la Concertación desde la renovación hacia la próxima campaña. En vez de discutir ideas para reconquistar al electorado, la oposición se concentrará en proteger la imagen de quien se convertirá en blanco favorito de los ataques oficialistas. Pero si el gobierno de Sebastián Piñera resulta exitoso, entonces los recuerdos del cuatrienio de la ex mandataria se diluirán y los chilenos votarán más por promesas de un aún mejor futuro, que por regresar a un buen pasado ya superado.

 

Después de dejar el poder con altísima aprobación y, aparentemente, no sufrir castigo por la discreta respuesta gubernamental ante el terremoto del 27 de febrero, Bachelet ha adoptado la misma postura ambigua y enigmática que tuvo Ricardo Lagos desde marzo de 2006. Alegando que quiere pasar más tiempo con su familia (como si los demás no quisieran hacerlo), la doctora socialista no ha descartado aspiraciones presidenciales.

 

En 1994, Patricio Aylwin lo descartó de plano. En 2000, Eduardo Frei dejó en claro sus aspiraciones de volver. En 2006, Lagos también dio señales de querer volver. Y sólo a fines de 2008, cuando condicionó su candidatura a que no se realizaran elecciones primarias, formalmente declinó su candidatura. La ambigüedad de la postura de Lagos bloqueó la aparición de nuevos presidenciables en la Concertación. Por deferencia a su ex jefe -y porque no quería ser opacada-, Bachelet aparentemente no quiso potenciar presidenciables en su gabinete. Cuando Lagos y José Miguel Insulza declinaron sus candidaturas, ya no hubo tiempo en el PS y ni en el PPD para levantar nuevas opciones. Ahora, al no descartar una candidatura, Bachelet también dificulta la aparición de nuevos liderazgos.

 

La encuesta Cerc ha puesto sobre la mesa la candidatura de la ex gobernante. Es verdad que este sondeo no preguntó por intención de voto ni comparó a Bachelet con otros candidatos. Pero sí dejó claro que ella es una contendora en la Concertación. Aunque esa noticia provoque algunos suspiros de alivio, sus efectos de mediano plazo en la coalición opositora son más negativos que positivos.  Precisamente, cuando la Concertación comenzaba a discutir alternativas para reconstruirse, la popularidad de Bachelet aparece como inmejorable tentación para evitar la renovación. ¿Qué sentido tiene buscar ideas nuevas si basta con volver a la campaña del 2005 para recuperar el poder?  ¿Para qué discutir propuestas que seduzcan a las clases medias y capturen los sueños del electorado si basta con proteger a Bachelet de los ataques de la Alianza?

 

La encuesta también muestra que el mejor presidenciable oficialista es Joaquín Lavín. Aunque asegura la lealtad de la UDI con el gobierno, el favoritismo del ministro de Educación forzará a otros presidenciables de la Coalición por el Cambio -principalmente en RN- a iniciar la carrera antes de tiempo. Los golpes no se harán esperar. Bachelet estará en una posición vulnerable.

 

Porque es inevitable que los gobiernos cometan errores, los de su gobierno serán puestos bajo la lupa desde la Alianza. La opinión pública comparará los logros del último cuatrienio concertacionista con el primero aliancista. Si Piñera no lo hace bien, los recuerdos de Bachelet consolidarán todavía más sus posibilidades presidenciales.

 

Pero si la actual administración es exitosa, entonces se debilitará la plataforma de la ex mandataria y las posibilidades de la Concertación. Mayores serán las posibilidades de Lavín y más nombres aparecerán en la derecha. Para entonces, la oposición no tendrá tiempo de buscar un nuevo líder capaz de convencer con una mejor propuesta de futuro. La centroizquierda estará obligada a buscar la victoria con la misma fórmula que perdió en 2009.