La líder de la oposición

Patricio Navia

La Tercera, mayo 13, 2010

 

Si bien el diseño óptimo para su vida después de La Moneda implicaba un alejamiento de la coyuntura, la debilidad de la Concertación y la tendencia del gobierno a culpar al predecesor de los males que aquejan al país  han llevado a Michelle Bachelet de vuelta a la política cotidiana. Pero ya que es la dirigente concertacionista mejor evaluada y la mejor carta presidencial de su coalición, su ingreso a la palestra tendrá más costos que beneficios para ella, para la Concertación y para el país.

 

La renovación de la oposición se hará más difícil y se apresurará la carrera por la nominación presidencial de ambos bloques.

 

Ser ex presidente debiera ser tarea placentera. Pero en la medida en que no descarten aspiraciones presidenciales, ellos son candidatos naturales para las próximas elecciones. Los que dejaron el poder con alta popularidad son objetivo inevitable de otros contendores.

 

A diferencia de Patricio Aylwin que dejó claro que se retiraba, Bachelet ha optado también por las respuestas evasivas. Sus actividades y declaraciones señalan que quiere dejar las puertas abiertas.

 

Como sus sacristanes son más vulnerables y tienen menos influencia, basta con la ambigüedad de la líder para que se ponga en marcha la maquinaria que precisa la operación Bachelet 2014 y que hay muchos esperando. Sus incondicionales la bajarán del Olimpo y la ex gobernante se verá sometida a un escrutinio brutal, alimentado por el temor a su enorme popularidad con que dejó La Moneda.

 

Desorientada por la derrota de enero, la Concertación continúa en una desordenada introspección. Se encuentra dividida entre los que disfrazan la renovación de nuevas caras con las viejas ideas y aquellos que niegan la derrota, alegando que se perdió por errores propios que, de ser subsanados, garantizarán la victoria en cuatro años más.

 

Ambos grupos concuerdan sí, en que se necesita un candidato atractivo para recuperar el poder. Por ello, al entrar en la lid política, Bachelet anota su nombre en la lista concertacionista y, al hacerlo, fuerza a la Concertación a discutir nombres más que ideas, profundizando la crisis que la llevó a perder el poder, que fue olvidar a la gente que siempre buscó representar.

 

Los gobiernos recién llegados siempre caen en la tentación de culpar al predecesor. Si bien ganaron prometiendo que ellos solucionarían los problemas que las administraciones anteriores fueron incapaces de abordar, los nuevos inquilinos de Palacio se dan cuenta que algunos problemas son demasiado complejos y no es sólo culpa de la ineficiencia de los mandatarios anteriores.

 

El gobierno de Piñera ya ha lanzado acusaciones a sus antecesores para minimizar las críticas por las promesas no cumplidas o las que no se podrán cumplir. Y como no debe guardar lealtad ideológica con su predecesor, la administración Piñera usará con liberalidad la estrategia de echar la culpa a los gobiernos anteriores por los problemas. Pero al realizar tantas acusaciones, Piñera fuerza a Bachelet a salir al ruedo, como lo hizo esta semana al llegar de Estados Unidos.

 

Las comparaciones entre ambos se hacen inevitables y el Ejecutivo entrega una bandera de lucha a la desordenada oposición al inducirla a unirse en torno a la defensa de Bachelet.

Finalmente, el Jefe de Estado se ve forzado a buscar figuras presidenciables propias para contrapesar el liderazgo de Bachelet.

 

Como en una tragedia griega, la irrupción de la ex gobernante parece inevitable.