Renovación en la medida de lo posible

Patricio Navia

La Tercera, enero 17, 2010

 

Los comandos presidenciales y los partidos políticos han reconocido la necesidad de un recambio generacional. La demanda popular por renovación de rostros parece haberse instalado firme en el sistema político chileno. Pero la clase política parece más interesada en presentar rostros nuevos que en introducir mecanismos que emparejen la cancha y avancen en igualdad de oportunidades. Aquellos que no poseen apellidos ni conexiones políticas familiares todavía están en desventaja respecto de los miembros de familias tradicionales y los hijos de políticos que, aun en los casos meritorios, aprovechan una cancha que ha estado históricamente desnivelada a su favor.

 

En la elección presidencial de 2009, tres de los cuatro candidatos eran hijos de políticos de renombre. Incluso más que Frei y Piñera, que provenían de un tronco que ha dominado la política chilena en el siglo XX, el candidato díscolo Marco Enríquez-Ominami dejó en evidencia que en Chile los apellidos dan una ventaja inicial que obstaculiza la noción de igualdad de oportunidades y una cancha pareja para todos.  Antes de poder llegar a ser el candidato fuera del sistema, Enríquez-Ominami debió usar su inequívoca pertenencia al sistema. Después de declarar que había escuchado la voz de la gente, el candidato presidencial de la Concertación, Eduardo Frei, demostró su compromiso con el recambio generacional incorporando a su campaña a tres rostros jóvenes. Pero los ya no tan jóvenes Ricardo Lagos Weber (1962), Carolina Tohá (1965) y Claudio Orrego (1966) son hijos de políticos destacados. Si bien los tres poseen incuestionables méritos y han sido legitimados en competidas elecciones, su presencia reafirma lo difícil que resulta poder ascender en la escala política a alguien que no pertenece a la elite política y económica chilena.

 

El problema de la fronda aristocrática en Chile no es nuevo. El celebrado libro homónimo de Alberto Edwards data de 1928. Pero el crecimiento económico y la mayor inclusión social en los últimos 20 años han abierto, literalmente, las grandes alamedas para que muchos más chilenos que nunca en la historia nacional ingresen a la clase media, asistan a la universidad y puedan tener acceso al consumo y a las oportunidades. Lamentablemente, la elite política ha sido menos permeada por la irrupción de las masas de lo que parece saludable. Incuestionablemente, Chile cambió. Pero cambió mucho menos en su clase política. 

 

La elite de los partidos y de la clase gobernante está al debe respecto del país que tan exitosamente logró construir después del fin de la dictadura. Urge realizar reformas institucionales que emparejen la cancha para que la meritocracia -y no los apellidos o la pertenencia a clanes y familias históricas- sea el mecanismo que rija la selección de nuestras autoridades políticas y el proceso de nominación de candidatos a puestos de elección popular. Si bien los cambios y la renovación son siempre en la medida de lo posible, lo posible hoy parece mucho más amplio y ambicioso que lo que la clase política está dispuesta a aceptar.