Camilo del día después

Patricio Navia

La Tercera, diciembre 22, 2009

 

Camilo Escalona ha mostrado poca disposición a renunciar después de que su partido cayera de 15 a 11 diputados y obtuviera su votación más baja desde 1993. Como buen estratega, el presidente del PS ya no está pensando en la cada vez más improbable quinta victoria presidencial de la Concertación. Y porque sabe que su partido debe prepararse para un nuevo escenario donde estará en disputa el control de la izquierda con el PC y el marquismo, el senador se prepara para lo que se viene después del 17 de enero. Después de todo, qué sentido tiene intentar rescatar a un candidato que, por más que se corrió a la izquierda, nunca se ganó el corazón socialista.

 

Escalona ha demostrado ser uno de los políticos más disciplinados y exitosos de la Concertación. A los 18 años sobrevivió el golpe de 1973 y, después de una vida clandestina, reemergió a los 34 años como diputado en 1989. En 1997, sin embargo, cuando ya era el principal líder del PS, tropezó en su intento por ser senador. En aquella negociación, cedió al PPD varios escaños seguros de diputados a cambio de su posibilidad de desafiar a Andrés Zaldívar por Santiago Poniente. Aunque su derrota le costó la presidencia del partido, no perdió el poder. Cuando Lagos llegó a La Moneda,  pasó por sus peores momentos. El entonces Presidente le dio una oficina en el búnker de Palacio.  Pero él ya manejaba el juego de la paciencia y esperó su turno.

 

En diciembre de 2001, volvió a la Cámara, esta vez por Lota. Su retorno a las grandes ligas coincidió con la repentina aparición de Michelle Bachelet. Perteneciente a la misma ala más izquierdista del PS, la doctora se convirtió en popular ministra, primero en Salud, y luego en Defensa.

 

Escalona supo aprovechar la oportunidad y de la mano de Bachelet, su poder fue creciendo.

 

Cuando ella llegó a la Presidencia, él llegó al Senado representando a la X Región y se convirtió en su principal apoyo. Andrés Velasco tuvo en el senador a su mejor aliado en el Parlamento. Si bien el ministro defendía posturas bastante más a la derecha de Escalona, el timonel socialista entiende que la lealtad pasa por tragarse sapos, incluso gigantescos sapos neoliberales.

 

Con Camilo al mando, varios socialistas connotados -Arrate, Ominami, Navarro y Enríquez-Ominami- dejaron la colectividad. Al intentar poner orden, Escalona devino en autoritarismo y, lo que ganó en disciplina, lo perdió en diversidad. Lo que sumó en orden lo perdió en deliberación. El partido perdió líderes y votantes.

 

Si bien su alejamiento hoy abriría una oportunidad para salvar la candidatura de Frei, él sabe que el PS caería en una guerrilla entre las distintas facciones que consumirían al socialismo y lo harían olvidar la elección. 

 

Aunque la silbatina contra los jefes de partido se escuchó con fuerza en el acto del Estadio Nacional -que buscaba relanzar la candidatura de Frei-, es improbable que Escalona escuche ese llamado. Eso equivaldría a mostrar deslealtad con su partido,  con su candidato, con su Presidenta y con lo que considera es el futuro del socialismo. La lealtad de Escalona es a toda prueba, incluso superior al instinto de supervivencia de la candidatura presidencial. Para él, el PS es más importante que la coalición y, como aprendió en 1973, la supervivencia es más importante que la vida del propio Presidente, especialmente cuando por un lado está en juego el futuro político de Frei y por otro lo que el percibe como el futuro del socialismo.