Premios y castigos a la re-elección parlamentaria

Patricio Navia

La Tercera, agosto 16, 2009

 

El camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones. Poner límites a la re-elección parlamentaria es bien intencionado, pero contraproducente. Es un tratamiento equivocado para una enfermedad innegable. La solución es un sistema electoral competitivo, con premios y castigos, que permita a los ciudadanos—y no a las directivas de partidos—escoger a candidatos y elegir quiénes los representarán.

 

Los límites a la re-elección equivalen a contratar empleados sólo por un año porque su productividad baja al segundo año. La consecuencia inevitable es que los comportamientos reprobables de parlamentarios que llevan muchos años serán normales en aquellos que recién se inician. Un diputado que no puede buscar la re-elección no tendrá incentivo para visitar o legislar a favor de su distrito—o del país—durante su último periodo. Si los parlamentarios se anquilosan después de un par de periodos, los límites a la re-elección sólo apurará esa evolución.

 

La evidencia sobre el efecto de los límites a la re-elección es negativa. En México, donde nadie se puede re-elegir para un segundo periodo, la clase política no tiene renovación. Si bien los 500 diputados se renuevan cada 3 años, y cada seis toca renovar los 128 senadores y gobernadores en los 31 estados, la prohibición de re-elección inmediata sólo ha producido la eterna rotación de los mismos políticos en distintos puestos. Además de reducir la rendición de cuentas, este nefasto sistema inhibe la especialización de legisladores, alcaldes o gobernadores.  

 

Los diputados en Chile se quedan en sus puestos por 9,4 años en promedio. Más de la mitad de los electos desde 1989 han estado por sólo dos periodos. En 2005, uno de cada cuatro optó por retirarse (muchos temían perder) o buscar un cupo en el Senado. De los 91 que buscaron la re-elección, 15 fueron derrotados (17%). Así, en marzo de 2006, 44 diputados (37%) estaban en su primer periodo. La Cámara tiene tasas de renovación de más de 30% desde 1989, superior a la de Estados Unidos, una combinación saludable de continuidad y cambios. El país necesita un Congreso con legisladores profesionales que sepan hacer su pega. Si la totalidad de sus miembros cambiara cada 8 años, sería menos eficiente y la calidad de la leyes que se promulgan inferior a la actual.  En Chile, sólo 12 de los 120 diputados electos en 1989 continúan hoy. Veinte años puede ser excesivo, pero si hacen la pega bien, sería excelente que siguieran en el próximo periodo.   

 

No tiene sentido expulsar por secretaría a los que legislan bien. Hay que establecer mecanismos que faciliten la competencia para renovar la clase política. Para ello, hay que modificar el sistema binominal, introduciendo mayor competencia entre coaliciones—y no dentro de coaliciones. Para restringir el poder de partidos, se deben exigir primarias obligatorias, abiertas y vinculantes a todos los partidos que quieran financiamiento público. Así, los aspirantes podrían desafiar a los parlamentarios en una primaria sin temor a ser arrasados por la máquina partidista. La gente decidiría quién será el candidato.

 

También se debe adoptar un sistema uninominal (como el que existe para alcaldes). Cada distrito (120 en el país) sería más pequeño y escogería un diputado. Los buenos parlamentarios serían premiados con la re-elección. Los malos, castigados con la derrota. En las elecciones de alcalde de 2008, la Alianza ganó en 142 comunas (incluidas la mayoría de las capitales regionales), la Concertación en 146. Un buen equilibrio, pero con ganadores y perdedores en cada comuna. En 2012, con una feroz competencia, nadie querría que los buenos alcaldes estuvieran imposibilitados de buscar la re-elección.

 

El Congreso carece de legitimidad y credibilidad. La solución no es establecer límites a la re-elección (que por cierto, en el derrotado proyecto comenzarían a operar en 2017). Se precisan reformas que hagan más competitivo el sistema, que empoderen a la gente para decidir quiénes serán candidatos y para premiar con la re-elección a los buenos y castigar con la derrota a los malos.