¿Sirven las campañas negativas?

Patricio Navia

La Tercera, agosto 2, 2009

 

Hay controversia en la ciencia política sobre el efecto que tienen las campañas negativas. Por una parte, no ayudan a los que las hacen. Por otra, mientras más negativa es la campaña, menos gente sale a votar.

 

Cuando los comandos atacan al rival, tienden a entusiasmar a las bases más leales de los partidos, ahuyentando a simpatizantes moderados. Porque entregan información que fortalece las creencias iniciales de la gente, inducen a electores que ya tenían más probabilidades de votar, aunque a menudo los lleven a inclinarse más contra un candidato que a favor de otro. Así, porque contribuyen a deslegitimar la política y reducir la participación electoral, los elementos positivos que se buscan con una campaña negativa igual se podrían dar sin que los candidatos y sus séquitos tengan que aparecer más interesados en mostrar las debilidades de sus oponentes que las fortalezas propias. 

 

En Irse a lo negativo. Cómo los anuncios políticos achican y polarizan al electorado (Going Negative, Free Press, 1995), los profesores de MIT Stephen Ansolabehere, y de Stanford, Shanto Iyengar, demostraron que este tipo de campañas tenían una incidencia negativa en la participación electoral. Estudios posteriores han evidenciado que esa relación es menos clara (al menos en Estados Unidos), pero han confirmado que las estrategias negativas polarizan al electorado y radicalizan posiciones, dando más peso a evaluaciones retrospectivas sobre la economía y otros asuntos políticos. Hacen que la gente mire más hacia el pasado que al futuro.

 

Sus defensores alegan que las campañas negativas entregan información útil. Los votantes pueden decidir cómo usar -y qué tanto peso darle- a esa información. Además, como la mayoría de los votantes tienen ciertas inclinaciones iniciales, estos diseños sólo son útiles para recordar a las personas los elementos que definen su identidad y afectan sus preferencias. 

 

En Chile, en el plebiscito de 1988, el gobierno militar quería convencer que la opción del NO implicaba caos, desorden y el regreso al Chile de 1973. La Concertación logró imponerse con un mensaje de esperanza. La campaña tuvo efecto, pero hubo más chilenos que querían mirar hacia adelante. El que muchos votantes jóvenes no tuvieran memoria del período pre-Pinochet hizo más difícil que ese diseño surtiera el efecto deseado.

 

Hoy, los dos principales candidatos están usando campañas negativas. La Alianza atacó a Frei por indultar a narcotraficantes cuando fue presidente. La Concertación ha contraatacado con acusaciones que asocian a Piñera con eludir la justicia y tráfico de influencias. Los 20 años que lleva en el gobierno parecen haber hecho que la Concertación se comporte como antes lo hizo la dictadura. Desde el gobierno parafrasean el “yo o el caos” de Pinochet, que la Alianza no es capaz de dar gobernabilidad. Desde la Alianza contraatacan asociando a la Concertación con corrupción e ineficiencia. La evidencia es mucho más mixta respecto de las fortalezas y debilidades de cada coalición en gobernabilidad y probidad.

 

La Concertación parece querer recordarles a los chilenos que la Alianza apoyó a la dictadura. Pero esa apuesta es peligrosa: del mismo modo, la gente pudiera recordar más los 20 años del oficialismo en el poder y querer votar por un cambio.

 

Este tipo de estrategia hace más difícil el debate sobre qué haría cada candidato en caso de ganar. Por eso, mientras más negativa se torne la campaña, más deberemos acostumbrarnos a discusiones sobre quién hizo qué y cuándo que a debates- que pudieran ser mucho más interesantes e importantes-sobre el futuro de Chile.