La cariñocracia de Bachelet

Patricio Navia

La Tercera, julio 4, 2009

 

La alta aprobación que recibe  Michelle Bachelet contrasta con la alta desaprobación que reciben ella y su gobierno al evaluar su desempeño en áreas específicas. La Presidenta es querida y respetada, y el manejo de la economía es considerado como su gran fortaleza. Pero el gobierno reprueba cuando se evalúa su accionar en salud, educación, transporte, combate a la delincuencia y a la corrupción. 

 

Los medios destacan que la aprobación de Bachelet es la más alta desde el retorno de la democracia. Ella arrasa en todos los atributos personales y los chilenos parecen estar enamorados de su Presidenta. Por ello, algunos de sus cercanos ya saborean un posible retorno en 2014. La misma Bachelet, que se oponía a repeticiones de plato, aparece conspicuamente ambigua cuando habla sobre futuras aspiraciones presidenciales. Privadamente, los socialistas aparecen menos preocupados de los resultados de esta elección presidencial, porque creen tener una carta ganadora para el 2013.

 

Pero se desprende una segunda lectura de las encuestas. El 85% desaprueba en delincuencia y el 73% desaprueba en corrupción. La desaprobación en Transantiago, educación y salud llega al 61%, 62% y 53%. La aprobación es sólo positiva al evaluar el manejo económico y relaciones exteriores, 23% y 14% de rechazo, respectivamente.

 

Si bien hay contradicción en aprobar el desempeño general y reprobar el desempeño específico, sería equivocado ignorar que las personas incluyen consideraciones subjetivas al evaluar a un gobierno. Esto es especialmente cierto con Bachelet, que privilegió una relación más personal con la gente, a diferencia de sus predecesores, que siempre buscaron ser hombres de Estado más que presidentes que los llamaran cariñosamente por su  nombre.

 

Esta divergencia (aprobación/desaprobación) presenta un desafío a los candidatos presidenciales. Hay dos lecciones a aprender. Primero, los chilenos premian a presidentes que sienten cercanos -característica asociada con el populismo en el resto de América Latina- y no castigan a aquellos cuyo desempeño específico es desaprobado. De poco pareciera servir que los candidatos se muestren eficientes y capaces. Como lo demostró Bachelet en 2005, una vez que los candidatos se ganan su cariño, la gente igual les atribuye mejores atributos en los temas relevantes.

 

La cariñocracia parece ser el criterio que usan los chilenos al escoger candidatos y evaluar presidentes.

 

La segunda lección es una oportunidad. En las presidenciales de 2009 ninguno de los candidatos aparece con ventaja en despertar afecto y demostrar personalidad capaz de ganarse el corazón de la gente. Por ello, más que tratar de convertirse en malas copias de Bachelet, los candidatos debieran optar por el mensaje de "no soy simpático, pero seré mejor Presidente." A  Lagos le funcionó para ganarle al más cercano Lavín. Es más, con su personalidad distante, Lagos también terminó con buenos niveles de aprobación.

 

La lección es que la gente no vota por un solo perfil de candidato.