Maestros chasquillas

Patricio Navia

La Tercera, junio 6, 2009

 

No se puede culpar a los parlamentarios por aprovechar sus regalías y privilegios. De hecho, para que hagan bien su pega, un legislador necesita flexibilidad de horarios, recursos y asesores. Lo malo en Chile es que los legisladores deben sus cupos a las elites de los partidos y no a sus electores. 

 

Hay comprensible molestia por un reportaje televisivo que mostraba a diputados ausentándose de las sesiones, emitiendo votos por colegas no presentes o usando presupuesto de arriendo de oficinas como subsidios a operadores políticos o ayudas a simpatizantes. La ya mala reputación del Congreso empeoró. La gente cree que los honorables parlamentarios resultaron indignos. En lenguaje coloquial, chantas.

 

Pero la reacción popular de decepción bien pudiera terminar empeorando el problema. De nada sirve pedir que se vayan todos. Una nueva camada parlamentaria terminaría comportándose igual de indecorosamente como la actual.

 

Las cosas tampoco se solucionan con más transparencia cuando de todos modos no podemos hacer nada para inducir mejor comportamiento.

 

La verdadera tarea de legislación se realiza en comisiones. En sala sólo se debiera votar expeditamente un par de veces al día. Lamentablemente, pocos parlamentarios se especializan en áreas específicas. La rotación por diversas comisiones debilita la capacidad legislativa. Mientras el Ejecutivo tiene expertos en cada ministerio -especialmente en Hacienda-, la mayoría de los parlamentarios son maestros chasquillas del trabajo legislativo que saben sólo un poquito de todo. Por cierto, poco ayuda que algunos senadores usen fondos para contratar asesores legislativos en sueldos para amigos, parientes u operadores políticos.

 

La causa del problema es el sistema electoral. El binominal induce a la colusión y a la falta de competencia. En el 98% de los distritos, los escaños se distribuyen por partes iguales entre Concertación y Alianza. Por ello, los parlamentarios saben que sus pegas no dependen de desempeñarse bien frente a sus electores, sino de su capacidad para asegurarse compañeros de lista débiles. Importa más tener santos en la corte entre los jerarcas del partido que buscar apoyo entre los votantes.

 

Desde Enríquez-Ominami, que entró a la Cámara en un distrito donde su papá era senador, hasta Lavín, que será senador porque la UDI decidió bajar al actual representante por Valparaís, los parlamentarios deben sus puestos a su capacidad para operar al interior del partido.  Incluso cuando hay competencia regulada, la posibilidad de conseguir el escaño es de 50%. Hay dos candidatos, uno se queda con la pega. Difícilmente hay trabajos donde un postulante tenga tantas posibilidades de quedarse con el puesto como cuando uno está en la lista de la Concertación o de la Alianza.

 

La culpa no es de los parlamentarios, sino de un sistema electoral no competitivo que ha llenado de afrecho el Congreso.