Cuoteo político: Las verdades del eterno vocero

Patricio Navia

La Tercera, abril 25, 2009

 

En una democracia saludable, los partidos son útiles para reclutar funcionarios aptos, porque las propias colectividades se esmeran en no recomendar ineptos para puestos clave. No hay mejor mecanismo para asegurar la calidad de los funcionarios que un control ejercido por partidos que se benefician cuando sus nominados hacen bien la pega y son castigados cuando éstos caen en escándalos. 

 

La polémica desatada esta semana por los dichos del ministro de Defensa, Francisco Vidal, reconociendo el cuoteo, es más de forma que de fondo. Las declaraciones de rechazo de muchos políticos que presionan para que los suyos ocupen puestos de confianza son frases para la galería y la opinión pública otorga poca credibilidad a esas rasgaduras de vestidos. 

 

Desde que entró al gabinete a expresa petición de la DC, el ministro del Interior, Edmundo Pérez Yoma, por ejemplo, ha demostrado que los partidos pueden recomendar personas idóneas para puestos clave. En democracias consolidadas con coaliciones multipartidistas, los ministerios se reparten según el peso relativo de cada partido. Los presidentes escogen su gabinete respetando los equilibrios y escogiendo los que creen mejores entre los propuestos por los partidos. 

 

El problema central está en cuáles son los puestos de confianza para los cuales los partidos pueden proponer nombres. Si el ministro del Interior no tiene apoyo de su partido, difícilmente hará bien la pega. Lo mismo aplica para otros puestos cuyo éxito depende de un buen manejo político. Pero cuando los puestos de confianza incluyen Chiledeportes, la dirección de un hospital o un puesto donde el único criterio debiera ser la aptitud profesional, la influencia partidista se torna nefasta. Los puestos de trabajo y presupuestos públicos se convierten en botines de guerra e instrumentos para financiarse, dar empleo a los militantes y pagar las campañas. 

 

Vidal no dice nada nuevo al reconocer el cuoteo. Pero sí deja al descubierto que, al escoger ministros entre las propuestas partidistas, Bachelet no privilegió personas capaces de disciplinar sus palabras para avanzar los objetivos políticos del gobierno.