Marquito

Patricio Navia

La Tercera, abril 13, 2009

 

En una temporada donde los abanderados de la Concertación y de la Alianza representan cualquier cosa menos renovación, la sorpresiva irrupción de Marco Enriquez-Ominami en las encuestas amenaza con convertirse en la noticia más novedosa de una campaña que huele a refrito de ideas y de candidatos.

 

Nacido en 1973, Enriquez-Ominami no estuvo involucrado en la polarización ideológica del Chile de Pinochet. Hijo del abatido guerrillero mirista Miguel Enríquez, creció junto a su exiliada madre Manuela Gumucio y padrastro socialista Carlos Ominami en Francia—lo que lo ubica en el corazón mismo de la elite de la aristocrática izquierda chilena. Marco no reclama lealtades personales con actores y posiciones que hace rato pertenecen más a la historia. Pero su historia le permite reclamar raíces en el debate sobre qué vía usar para alcanzar el desarrollo con oportunidades para todos. Enríquez-Ominami entró a la política después de haber sido exitoso empresario cineasta. Aunque sus películas no fueron bien recibidas ni por la crítica ni por el público, su serie de televisión “la vida es una lotería” demostró que entiende la rutina, los sueños y las frustraciones de los chilenos comunes y corrientes.

 

Electo diputado en 2005, “Marquito”, como despectivamente lo llama el estalinista presidente del Partido Socialista Camilo Escalona, fue apodado “díscolo” cuando viajó a Bolivia—¡un país vecino!—sin pedir autorización al gobierno ni a su partido, aprovechó la Cámara como una tribuna para debatir y deliberar. Tres años antes que Frei llamara a realizar un debate sobre el aborto terapéutico, Enriquez-Ominami puso el tema, pero fue brutalmente censurado por un partido socialista cada día más temeroso a discutir ideas revolucionarias.  En ocasiones excesivo, apresurado e insuficientemente reflexivo, Marco es el diputado novato más conocido. Líder indiscutido, se atrevió a ampliar los términos del debate. 

 

Como es vox populi en ambas coaliciones, las candidaturas presidenciales de la Alianza y la Concertación representan alternativas aceptables que no entusiasman demasiado. Piñera insiste en otorgarle un sentido mítico a un proyecto ya derrotado en 2005—brilloso, pero no brillante, como lo definiera agudamente Carlos Peña. Lo de Frei parece un premio de consuelo para una Concertación que no logró alinearse tras alguno de los dos frustrados—y frustrantes—candidatos Lagos e Insulza, más atractivos pero también más temerosos. Lo de Enriquez-Ominami tiene el componente de hazaña que tanto quiere una opinión pública cansada de políticos preocupados de las disputas internas de sus coaliciones más  que de las preocupaciones de la gente.

 

Enriquez-Ominami debe dotar a su sueño de propuestas y promesas razonables, equipos de trabajo coherentes y conducentes a construir una candidatura creíble. Lamentablemente, no tiene mucho tiempo ni espacio. La Concertación y la Alianza monopolizan a los técnicos. Aunque refritas, las dos coaliciones también monopolizan las propuestas. Marco debe proponer ideas profundamente revolucionarias en sus aspiraciones, realizables en sus contenidos y razonables en su implementación. Manteniendo su capacidad de convocar a soñar, tiene que demostrar que puede construir, ladrillo sobre ladrillo, una propuesta de gobierno de cambio y continuidad. Más que concentrarse en atraer votantes de izquierda huérfanos de liderazgo, debe apuntar a la gran mayoría de electores moderados que sienten que la Alianza y la Concertación son más parte del pasado que del futuro.  

 

Su desafío es difícil. Pero a diferencia de Frei y Piñera, Enriquez-Ominami tiene ese aire de renovación y cambio que en 2005 le permitió a Bachelet llegar a la Moneda. La suma de las edades de los candidatos de la Concertación y la Alianza en 2009 supera a la suma de edades de los dos principales candidatos en todas las elecciones celebradas desde 1989. Si logra convertir su hasta ahora solitaria campaña en un proyecto colectivo, potente y creíble,  Enriquez-Ominami traerá un saludable aire de renovación a una campaña que evidencia el envejecimiento de la clase política que lideró la transición.