Una presidenta más querida que exitosa

Patricio Navia

La Tercera, marzo 8, 2009

 

 

Bachelet ha recuperado la popularidad que tenía al asumir según la última encuesta Adimark. Si bien algunos asocian su repunte  al manejo del gobierno ante la crisis internacional, parte del renacer se explica también por el alto componente simbólico de la Presidenta. Los chilenos parecen celebrar que el primer gobierno dirigido por una mujer termine bien.

 

Aunque lejos de ser la mejor, su administración ha estado por arriba del promedio en estos 200 años de vida independiente nacional. Es cierto que será el gobierno concertacionista menos exitoso en crecimiento y que ha estado marcado por una seguidilla de resbalones. Desde las dudas sobre el apoyo a Venezuela para el Consejo de Seguridad de la ONU, hasta su viaje a Cuba, los desaciertos en política exterior fueron más ruidosos que los aciertos. Las protestas estudiantiles y la incapacidad para lograr una nueva Loce opacaron las reformas en educación preescolar y el financiamiento a la subvención. Las discusiones sobre las reformas laborales distrajeron las iniciativas económicas impulsadas desde Hacienda. El Transantiago opacó la reforma previsional.

 

La constante mejora que muestra la aprobación presidencial deja claro que la gente no evalúa a la Presidenta por sus aciertos y errores. Como si estuviera inspirada en aquella frase de la época de Allende -este es un mal gobierno, pero es mi gobierno-, Bachelet logró convertirse en una Mandataria querida, a diferencia de sus predecesores, que buscaron granjearse un lugar en los libros de historia. Sus aciertos, e incluso sus errores,  han resultado de su intención de enfocarse en los que menos tienen. Hoy, las encuestas muestran que es más querida entre los más pobres, y que su aprobación más baja está entre las personas de más ingresos.

 

Bachelet siempre quiso que su legado fuera una red de protección social, que ahora cobra vigencia ante la crisis económica. Los anuncios que vendrán cuando se acerque la campaña le permitirán presentarse como una especie de madre protectora que ahorró para los momentos difíciles. Si bien el mérito de esa política es de Andrés Velasco, Bachelet se jugó por mantenerlo en Hacienda cuando la Concertación pedía su salida. 

 

Hasta ahora, el gobierno parece en control ante la crisis. Pero el aumento en la popularidad de Bachelet no es producto de ese buen manejo. Su gabinete ha logrado aislar a la Presidenta de las negociaciones con el Congreso y con la oposición, de la política económica e incluso de las rencillas cotidianas, mientras Bachelet se proyecta como una Mandataria que se conecta y aboga por los más necesitados.

 

El renovado apoyo a Bachelet constituye una oportunidad para Eduardo Frei como candidato. Pero él necesita acercarse a Bachelet, retomando los temas de democracia desde abajo hacia arriba que ella impulsó. Hasta ahora, Frei no tiene mujeres en su comando, salvo familiares (lo que alimenta más acusaciones de nepotismo contra la Concertación). Los océanos azules son aguas demasiado frías para que pueda navegar con éxito el modelo más cercano y cálido que representa Bachelet.

 

Inmune al fuego político, la Mandataria probablemente vea su popularidad crecer en los meses que le restan. Pero arriesgará perder respaldo si decide bajar a la arena política y participar activamente en la campaña presidencial, cuyo resultado inevitablemente coronará el legado de su gobierno, más querido que exitoso.