Cuando la desigualdad no importa

Patricio Navia

La Tercera, marzo 1, 2009

 

Ese vuelo de Nueva York a México fue el más largo de mi vida. La noticia del accidente automovilístico de mi hermano mayor había provocado un torbellino de llamadas telefónicas, conversaciones de coordinación, alegatos con la compañía de seguros y discusiones sobre lo que era más conveniente para intentar trasladar a mi hermano, en coma y con riesgo vital, desde la ciudad de León en Guanajuato hasta un hospital de Houston donde pudiera recibir mejor atención.

 

Al llegar de madrugada a México Distrito Federal dormí unas horas en casa de un buen amigo que, temprano por la mañana me acompaño nuevamente al aeropuerto para tomar el primer vuelo a León. Era viernes santo de 2002. Dos días antes, mi hermano había chocado el auto rentado que manejaba cerca de San Miguel de Allende. Por la gravedad del accidente, había sido trasladado a León, donde le realizaron un scanner y comprobaron que había sufrido un derrame cerebral. Otras heridas y complicaciones ponían en riesgo su vida. Su novia, Leslie, que viajaba con él, nos avisó de la gravedad del caso.

 

Al llegar al hospital, me encontré con Leslie quien me llevó a ver mi hermano, que yacía inconsciente, y conectado a un respirador artificial en una sala común de un hospital público cuyo financiamiento evidentemente no alcanzaba para solventar todas las necesidades de los pacientes que ahí llegaban. Vapuleado por la cercanía de la muerte, miré a mi hermano y ese tubo de oxígeno que lo mantenía con vida. De la máquina que registraba sus latidos cardíacos—el 8 bien podía ser un cinco o un tres, porque la pantalla no funcionaba bien—salía un cable que llegaba hasta un enchufe en la roída pared. La vida de mi hermano prendía de un hilo especialmente frágil por el limitado presupuesto del hospital.

 

Las políticas públicas, al asignar recursos escasos, fríamente deciden quiénes viven y quiénes no resultarán tan afortunados. Ese día en México, las políticas públicas se convirtieron en fantasmas y demonios que amenazaban con estremecedora cercanía la vida de Bernardo y la tranquilidad y  felicidad de toda su familia. Bastó un mal giro, un descuido en la carretera, un conductor de camión irresponsable, para poner una promisoria y joven vida al borde del abismo. Pero la desigual distribución de la riqueza, la corrupción en el gobierno y la falta de recursos públicos para financiar la salud en México parecían confabular para darle el último empujón hacia la muerte a mi hermano mayor.

 

Junto a la cama de mi hermano había otra cama con un joven mexicano que también había sufrido un accidente. Su situación parecía tan compleja como la del único paciente en ese hospital que a mí me importaba. La madre del joven se acercó a desearme suerte y decirme que estaba rogando también por mi hermano. La mujer representaba unos 70 años, pero su rostro parecía decir que había vivido mucho más. Salí pronto de la sala de cuidados intensivos y no volví a entrar más.

 

Diez horas después, y luego de interminables conversaciones con la empresa de seguros en Estados Unidos, con un hospital en Houston y con un servicio privado de ambulancias aéreas, acompañé a los paramédicos que habían llegado de Estados Unidos en un avión ambulancia para recoger a mi hermano. Firma aquí, me dijo el paramédico, “va a ser el almuerzo más caro que hayas puesto en tu tarjeta de crédito.” Con tal que no se muera, le contesté. Mi hermano estaba preparado para enfrentar la muerte. Pero yo no estaba preparado para tener que llamar a mis padres y darles la mala noticia.

 

Los paramédicos trasladaron a Bernardo a la camilla que ellos traían y que parecía mucho mejor equipada que el hospital. Raudos, lo llevaron a la ambulancia y de ahí al aeropuerto para un salvador vuelo a Houston. Cuando el avión despegó de León, supe que mi hermano viviría.

 

Volví al hospital a recoger las cosas de mi hermano y de su novia, que se había ido con él. Después de infructuosamente insistir en pagar la cuenta de un hospital público que no cobra por sus servicios, me encontré con la madre del muchacho que se batía entre la vida y la muerte. La mujer me dijo que le alegraba saber que mi hermano probablemente viviría. No supe qué decirle. Ni siquiera se me llenaron los ojos de lágrimas. Había un solo paciente que entonces me importaba.

 

Seis meses después, mi hermano salió en silla de ruedas de un hospital. Su recuperación ha tomado tiempo. Pero Bernardo y Leslie sobrevivieron, y son padres de dos hermosos niños. Aunque quedó con algunas secuelas menores, Bernardo sonríe y vive. Somos afortunados.

 

Nunca volví a León. Me da temor encontrarme con esa mujer que no tenía ni las tarjetas de crédito, ni el seguro de salud en Estados Unidos, que le hubieran permitido salvar la vida de su hijo.

 

Cuando uno las entiende como decisiones que literalmente puedan salvar la vida de personas al borde del abismo o darles un último empujón hacia la muerte, las políticas públicas cobran una nueva dimensión. La historia de mi hermano se parece en algo a la de Ema Velasco Saavedra. El milagro que ha salvado ambas vidas se facilitó por la disponibilidad de recursos que se pusieron a disposición sin consideración por los costos. Hay muchas más historias con finales menos felices de personas desconocidas—como aquella mujer de León, Guanajuato—que lamentablemente no tienen los mismos contactos, las mismas influencias, los mismos seguros de salud, las mismas tarjetas de crédito. Para el beneficio de ellos son las políticas públicas. Aunque al diseñarlas e implementarlas no lo hagamos con la misma energía, decisión y voluntad que aplicamos cuando se trata de las vidas de nuestros seres más queridos.