¿Inmunidad en tiempos de crisis?

Patricio Navia

La Tercera, febrero 15, 2009

 

Las crisis económicas difícilmente pueden ser consideradas como una bendición. La caída en el crecimiento, el mayor desempleo y la incertidumbre sobre el futuro siempre afectan negativamente al gobierno. Pero no todas las crisis producen los mismos efectos con la misma intensidad. A diferencia de la recesión de 1999, que golpeó duramente el nivel de aprobación presidencial de Frei, la crisis de 2009 probablemente tendrá un efecto negativo menor sobre la popularidad de Bachelet. Es más, en la medida que el gobierno se muestre proactivo y ágil, Bachelet podrá incluso salir fortalecida de la que se perfila como la peor crisis económica internacional por la que tendrá que atravesar Chile desde el retorno de la democracia. 

 

Los niveles de aprobación presidencial se explican por distintas variables. Si bien la economía nacional influye, la política y el calendario electoral también importan. Los presidentes tienden a ser más populares al comienzo que al final de sus mandatos. Un saludable crecimiento económico no contribuye necesariamente a aumentar la aprobación del presidente. Pero una buena conducción política puede minimizar el efecto de malas rachas económicas. En estos 20 años de democracia, los chilenos han demostrado que pueden premiar o castigar a sus presidentes independientemente de cómo ande la economía.

 

Patricio Aylwin inició su gobierno con una enorme popularidad. En junio de 1990, 74% aprobaba su desempeño y sólo el 15% lo rechazaba, de acuerdo a las encuestas del CEP. Al dejar el poder, su nivel de aprobación era de 51% y su rechazo llegaba al 28%. Durante sus cuatro años de gobierno, su aprobación nunca bajó del 48% y su rechazo nunca superó el 31%. Si bien Aylwin no pudo revertir la tendencia a la baja en su popularidad, el suyo fue un gobierno sin sorpresas en las encuestas. Aylwin tuvo mejor aprobación al comienzo que al final, pese a que la economía se expandió saludablemente durante todo el cuatrienio. 

 

El sexenio de Frei fue una paradoja. Si bien comenzó con saludables niveles de aprobación, en diciembre de 1994 su aprobación había caído a un 50%. Su popularidad cayó hasta llegar a un 33% en diciembre de 1997. Antes que empezara la crisis económica, la desaprobación de Frei (37%) ya era superior a su aprobación. La crisis económica debilitó aún más a Frei, pero su espiral de caída se produjo cuando más crecía la economía. Cuando dejó el poder, Frei tenía un 28% de aprobación y un rechazo de 45%.

 

Lagos partió desde una posición de debilidad. Además de la crisis, fue el primer presidente que llegó al poder después de una definición en segunda vuelta. En junio de 2000, su aprobación (41%) superaba apenas su rechazo (35%). La aprobación a Lagos siguió cayendo hasta diciembre de 2002 (41%). Pero paradójicamente, su rechazo también disminuyó (31%). En sus últimos 3 años en el poder, Lagos mejoró constantemente su aprobación. A diferencia de sus predecesores, Lagos terminó mucho más arriba que cuando comenzó. Al final de su mandato, un 60% aprobaba su gestión. Sólo un 20% la rechazaba.

 

La experiencia de Bachelet se ha parecido más a la de Lagos que a la de Frei o Aylwin. De acuerdo a las encuestas mensuales de Adimark, en abril de 2006, un 60% aprobaba a Bachelet. Después de las protestas estudiantiles, su aprobación cayó en julio de 2006 a 43% y su rechazo se elevó a 38%. Si bien se recuperó hacia fines de 2006, el Transantiago volvió a golpear fuertemente a Bachelet. En septiembre de 2007, sólo el 35% aprobaba su gestión, el 46% la rechazaba. Desde entonces, Bachelet ha mostrado una clara tendencia al alza. En enero de 2009, el 53% aprobaba su gestión y sólo el 30% rechazaba.

 

Los altibajos en la aprobación de Bachelet se explican por fenómenos políticos, no por la tasa de crecimiento de la economía. Por eso, resulta equívoco anticipar que su aprobación inevitablemente caerá si la crisis económica golpea con fuerza. Mejor aún para Bachelet, su apoyo es sustancialmente mayor entre las personas de menos ingresos que entre los más acaudalados. La encuesta de la UDP de noviembre de 2008 muestra que si bien la aprobación de Bachelet era de 52%, sólo el 41% de la clase alta (ABC1) tenía una visión positiva de la Presidenta. El 57% de la clase media baja (Grupo socioeconómico D) aprobaba su gestión.  Esta mayor popularidad entre los más pobres contrasta con lo ocurrido con el Presidente Lagos. En la encuesta UDP de fines de 2005, Lagos alcanzaba el 71% de aprobación. Pero entre los de más ingresos, la popularidad de Lagos era de 79% mientras que en la clase media baja era sólo de 66%. Si Lagos fue un presidente popular, su popularidad en la elite era todavía superior. Bachelet en cambio es más querida por el pueblo que por la elite. 

 

Naturalmente, como ya quedó en claro con las protestas pingüinas y con el Transantiago, Bachelet no está inmune a crisis que mermen su popularidad. Los efectos de la crisis recién comienzan a sentirse. Hasta ahora, los planes de salvataje económico están diseñados más para los sectores más pobres que para la clase media. Si los vendavales azotan con la violencia que anticipan muchos—incluido el propio Banco Central—la popularidad de Bachelet bien pudiera comenzar a caer.

 

Pero la popularidad no cae cuando hay problemas, sino cuando hay malas estrategias para enfrentarlos. El gobierno bien pudiera haber aprendido las lecciones de errores pasados (aunque el balde de agua fría de la innecesaria gira de Bachelet a Cuba despierta justificadas dudas sobre la capacidad del gobierno para no sabotear sus propias buenas rachas). De cualquier forma, el gobierno hasta ahora ha mantenido el liderazgo en la respuesta a la crisis económica. Por eso, pese a la incertidumbre e incluso pesimismo, Bachelet ha visto subir su aprobación.

 

En tanto los chilenos perciban que el gobierno es capaz de controlar el timón del país, la aceptación de la primera mujer en llegar a La Moneda debiera ser todavía mejor cuando se despida del poder.