Por qué es más fácil elegir a un presidente negro que a uno ateo en Estados Unidos

Patricio Navia

Febrero 1, 2009

 

Los Estados Unidos se precian de tener una clara separación entre la iglesia y el estado. Pero no parece igualmente interesados en separar la religión de la política. No obstante, ya que entre el dicho y el hecho caben las vastas praderas de medio-oeste americano, no debiéramos suponer que la religiosidad en el discurso público atenta contra la diversidad de credos y el pragmático laicismo que domina en el diseño e implementación de políticas públicas y relaciones internacionales estadounidenses.  En tanto no haya una denominación religiosa que amenace en homogenizar la tendencia a expresar religiosidad en los políticos nacionales, la biblia y el nombre de Dios sigan ocupando un lugar privilegiado en los rituales políticos estadounidenses.

 

Los políticos estadounidenses gustan de referirse a su religiosidad para demostrar que poseen loables atributos personales y dedicación a sus familias. La religiosidad—mucho más que la pertenencia a alguna denominación—es una popular forma de demostrar apego a lo que en Chile se conoce como moral y buenas costumbres. Por eso, la gran mayoría de los políticos estadounidenses, demócratas y republicanos, judíos y gentiles, homosexuales, minorías, hombres y mujeres declaran ser religiosos. Aunque muchos demuestren en la práctica no ser creyentes.

 

El presidente Obama, hijo de padre musulmán y madre libre-pensadora, se bautizó recién a los 26 años en la Iglesia Unidad de la Trinidad de Cristo en Chicago, a la que renunció, por un escándalo protagonizado por su pastor, en la campaña presidencial de 2008. Esa iglesia no estaba afiliada con ninguna denominación en particular, sino que predicaba el cristianismo y el evangelio desde el compromiso por el cambio social. Por eso, Obama no tendrá problemas para encontrar una nueva iglesia en Washington D.C.  Como ocurre con los protestantes, importa más la relación directa con Dios que las doctrinas que se prediquen en la iglesia. En tanto constituya una comunidad de fe atractiva, los Obama prestarán menos atención a detalles doctrinales de su nueva congregación.  

 

Los 44 presidentes estadounidenses han profesado ser cristianos. Once fueron de la iglesia episcopal, 8 presbiterianos. Los  bautistas, metodistas y unitarios han tenido cuatro mandatarios cada uno.  Kennedy ha sido el único presidente católico. Sólo Thomas Jefferson, Andrew Johnson y Abraham Lincoln—todos en el siglo XIX—profesaron cristianismo sin afiliación específica. Entre los más recientes, George W. Bush es metodista, Clinton y Carter bautistas, George Bush padre asiste a una iglesia episcopal y Reagan era presbiteriano.

 

 

Los símbolos religiosos en la toma de poder

Desde que los organizadores de la toma de poder de George Washington en 1789 pensaron que sería buena idea hacerlo con su mano sobre la biblia, sólo uno presidente se ha negado a seguir esa tradición.  En 1853, el décimo cuarto presidente,  Franklin Price—miembro de la iglesia episcopal—puso su mano sobre la constitución.  El artículo dos de la constitución requiere que el presidente solemnemente  jure (o afirme) ejecutar las tareas como presidente de Estados Unidos lealmente y, hará todo lo posible para preservar, proteger y defender su constitución de los Estados Unidos.  Tal como lo hizo Barack Obama, 42 de sus 43 predecesores han optado por “jurar” en vez de “afirmar”.  Sólo Price prefirió  “afirmar” en vez de “jurar.”

 

De acuerdo a la historia oficial, George Washington añadió la frase “y que Dios me ayude” al final del juramento.  Varios historiadores han cuestionado recientemente que Washington haya dicho eso. Pero ya que otros presidentes lo hicieron después, es tradición que los presidentes sumen el “So help me God.” Incluso Abraham Lincoln, el menos religioso de los presidentes repitió la frase. Lincoln, que creció bautista, simplemente optó por declararse creyente durante sus años en el poder. Raramente asistió a una iglesia.  Desde que las tomas de poder se empezaron a transmitir en directo primero por radio y luego por televisión e Internet, todos los presidentes han jurado respetar y defender la constitución pidiendo el apoyo de Dios.

 

Un país religioso

A diferencia de otras naciones industrializadas, Estados Unidos es un país especialmente religioso. El Centro sobre Religión y Vida Pública del Centro de Investigaciones Pew estudia la religiosidad americana. El 78% de la población se declara cristiana (51% protestante, 23% católica, 1.7% mormones). Un 4,7% adicional declara adherir a otras religiones (1,7% judío, 0,6% musulmán).  Un 16.1% declara no estar afiliado a ninguna religión.  Pero sólo un 1,6% se declara ateo y un 2,4% agnóstico.

 

Si bien el porcentaje que se declara creyente es mayor en Estados Unidos que en otros países industrializados, en años recientes ha habido un aumento sustancial de aquellos que dicen creer en Dios pero no se identifican con ninguna denominación, o cambian constantemente. Esta mayor fluidez en la religiosidad de las personas va asociada con una mayor tolerancia.  Un 65% cree que varias religiones—y no sólo la propia—pueden llevar por el camino a la vida eterna. Si hay varios caminos que llevan al cielo, resulta más fácil cambiar de creencias religiosas durante la vida. Eso es lo que probablemente ocurra con el Presidente Obama y su familia ahora que viven en Washington y comiencen a asistir a una nueva iglesia protestante.  El vicepresidente Joe Biden, convertido al catolicismo, también representa a ese creciente número de americanos en cuyas vidas la religiosidad es importante, pero no necesariamente la adhesión a una iglesia en particular.  

 

La reciente toma de posesión de Barack Obama sorprendió a muchos que conocen la fuerte separación que existe en Estados Unidos entre la iglesia y el Estado. Pero también recordó al mundo que los Estados Unidos se sienten cómodos incorporando la religiosidad en sus actos públicos porque no hay una sola iglesia que aparezca como la religión dominante. En tanto los estadounidenses privilegien una sociedad de tolerancia y diversidad religiosa, y de oportunidades para que la gente experimente con diversos credos, la religiosidad seguirá teniendo un lugar importante en los rituales políticos de esa nación que profundamente cree ser legítima beneficiaria de las bendiciones de Dios.