El Obama chileno

Patricio Navia

La Tercera, noviembre 15, 2008

 

La fascinación de algunos políticos chilenos con Barack Obama refleja la preocupante falta de ideas propias en la elite gobernante y subraya su incapacidad para entender las diferencias que separan a Chile del país meritocrático y competitivo que escogió al joven presidente. 

 

La histórica victoria de Obama en Estados Unidos, con el mensaje de renovación que la opinión pública mundial celebró, es una idea demasiado atractiva como para no ser copiada en otros países. En Chile, no faltaron aquellos que rápidamente quisieron asociarse con el concepto. Sin entender que la elección de un presidente negro es un cambio copernicano sólo en un país profundamente marcado por la esclavitud, una dolorosa guerra civil que le puso fin, un siglo de segregación racial y permanentes tensiones entre la mayoría blanca y la empobrecida minoría negra, algunos políticos chilenos se quisieron subir a una micro que no los va a llevar a ninguna parte. La elección de Barack Hussein Obama también constituye un rechazo a un supuesto conflicto de religiones y civilizaciones que parecieron promover algunos sectores durante la administración Bush. Además, ya que nació en 1961, la elección de Obama también constituye un recambio generacional.

 

En las fallidas versiones nacionales, los aspirantes a Obama reúnen, y sólo parcialmente, uno o dos de las características que explican el éxito del nuevo presidente estadounidense. Nacido en 1966, el diputado UDI Jose Antonio Kast comparte la juventud con Obama. El presidente del PRSD José Antonio Gómez comparte su condición de senador. Pero ninguno de ellos pertenece a grupos sistemáticamente marginados e históricamente empobrecidos. Como si fuera posible hablar de un Evo Morales europeo o un Bachelet hombre, los simpatizantes de los Obama chilenos le hacen más daño que bien a sus candidatos al intentar subirlos a la ola de popularidad donde inevitablemente se terminarán ahogando.  

 

Pero la culpa no es del chanco, sino de quien le da el afrecho. Conscientes de la demanda popular por renovación y nuevos rostros, los políticos chilenos quieren vestir de seda al mismo envejecido chimpancé. En vez de promover reformas que introduzcan más meritocracia a la política y más competencia al sistema electoral, en vez de promover primarias abiertas y vinculantes que emparejen la cancha para que caras nuevas puedan competir con personajes ya instalados, los mismos políticos de siempre—o sus leales discípulos con nuevos rostros pero las mismas ideas—creen que basta con ponerse una camiseta para representar el cambio.

 

Las actuaciones de Sarah Palin como candidata republicana a la vicepresidencia provocaron algunos de los más memorables momentos de humor televisivo en Estados Unidos. La insistencia de algunos políticos chilenos en asociar sus carreras a la de Obama provocará más incrédulas sonrisas que caudal electoral en Chile, un país en que la igualdad de oportunidades y la renovación de las elites que caracterizan a Estados Unidos está lejos de ser una cotidiana realidad.