Palin y Bachelet, una nueva forma de hacer política

Patricio Navia

La Tercera, octubre 5, 2008

 

La forma en que el partido republicano ha buscado granjear apoyo para su candidata vice-presidencial Sarah Palin es reminiscente de los argumentos a favor de la candidatura de Michelle Bachelet en 2005. Alegando que a partir de condiciones inherentes de su género, las mujeres tienen una forma distinta de hacer política, los republicanos han buscado presentar la falta de experiencia y escaso conocimiento de políticas públicas y relaciones internacionales de Palin como una fortaleza.

 

En la campaña presidencial chilena, la Concertación buscó presentar a Bachelet como figura de recambio que podía oxigenar la política precisamente porque no compartía los códigos tradicionalmente asociados con el liderazgo presidencial visionario. Potenciando un liderazgo más bien escuchador, Bachelet asoció el ser mujer a una supuesta mejor habilidad para potenciar la democracia desde abajo hacia arriba. Sin entender que debía ser un complemento no un reemplazo a la democracia representativa, Bachelet promovió la democracia participativa a partir de su condición de género. Además de antojadiza y excluyente, esa asociación es profundamente anti-igualitaria. Bachelet equivocadamente sugirió que efectivamente podía haber una forma superior de hacer política y que las mujeres automáticamente la poseían. Por su propia historia personal, defendió una visión más izquierdista del rol del estado. Potenciando una red de protección social y un estado que se preocupara especialmente de los más pobres y que potenciara una visión colectivista del bien común, Bachelet enarboló banderas socialistas en su defensa de esta nueva forma de hacer política.

 

Palin ha irrumpido en la política estadounidense con un discurso similar al utilizado por Bachelet. Alegando que al ser mujer entiende mejor las necesidades de la gente normal y posee una cierta inmunidad contra la “corrupción de Washington y Wall Street” y la distancia que separa a los políticos de la gente normal, Palin busca justificar una superioridad moral a partir de ser mujer. Pero a diferencia de Bachelet, Palin es profundamente conservadora. La visión de estado que defiende está en las antípodas de aquella defendida por Bachelet. Mientras la chilena quería un estado fuerte y protector, Palin quiere un estado débil y limitado en sus poderes y atribuciones.

 

Además de compartir la justificación de superioridad moral a partir de ser mujeres, ambas políticas comparten estilos. Así como Bachelet rehuyó—y todavía rehúye—conferencias de prensa sin temas prohibidos, Palin rechaza someterse a una conferencia de prensa. De hecho, el partido republicano utilizó el mismo argumento para alegar una victoria de Palin en el debate vicepresidencial stadounidense que el utilizado por la Concertación para alegar la victoria de Bachelet, que no había cometido errores. Aparentemente esta nueva forma de hacer política libera a los candidatos de tener que explicar sus propuestas de políticas públicas en forma clara y de explicitar públicamente sus posiciones sobre cuestiones espinudas. 

 

En una sociedad donde todos somos iguales, nadie puede alegar que la condición de género explica una supuesta superioridad moral a la hora de hacer política. Independientemente de los estilos personales, la política siempre consiste en el arte de priorizar la asignación de recursos escasos a partir de presiones y demandas de grupos con desigual poder e influencia, resulta iluso sugerir que hay nuevas formas de hacer política. Al alegar que, por su condición de género, una candidata no debe ser sometida al mismo escrutinio y a los mismos estándares de exigencia que los políticos tradicionales debilita tanto la defensa de la igualdad de género como la necesaria exigencia de que los políticos demuestren poseer los atributos necesarios para desempeñarse exitosamente en puestos de representación popular.