Divorcio Lagos-Bachelet

Patricio Navia

La Tercera, septiembre 6, 2008

 

La decisión de Ricardo Lagos de marcar distancia con la debilitada Presidenta Bachelet implica más riesgos que beneficios.  Ya que Bachelet sigue siendo querida por los chilenos, las críticas que veladamente Lagos ha empezado a realizar hacia su sucesora difícilmente serán bien recibidas por la gente. Aunque desapruebe la gestión de Bachelet, la opinión pública chilena difícilmente verá con buenos ojos que frente al Transantiago, Lagos intente desentenderse de responsabilidades compartidas.

 

Las relaciones de los presidentes salientes con los candidatos presidenciales de sus coaliciones son difíciles. En Estados Unidos, Al Gore cometió el peor error de su campaña al nombrar al senador Joe Lieberman como su candidato vicepresidencial sólo para distanciarse de los escándalos asociados al saliente presidente Clinton. Hoy, John McCain evita mencionar que su partido gobierna hoy la Casa Blanca.

 

En Chile, Lagos se distanció de Frei Ruiz-Tagle en 1999 por la crisis económica y la impopularidad del saliente presidente. En 2005, Bachelet aprovechó la popularidad de Lagos y se le acercó al hacer campaña. Pero al realizar emblemáticas promesas, Bachelet ni siquiera consultó a Lagos. Desde la paridad de género en el gabinete hasta el “nadie se repite el plato”—principio que descalificaría a Lagos como candidato presidencial en 2009—esas irreflexivas promesas llevaron entonces al ex mandatario a criticar, privadamente, a la abandera oficial.

 

Después, Bachelet se equivocó al nombrar al hijo del ex mandatario como vocero. Además de que Lagos Weber reproducía el estilo informal de la mandataria, la relación familiar entre los homónimos políticos hizo muy difícil que Bachelet pudiera atribuir a su predecesor las responsabilidades por problemas que ella heredó.  Cuando Lagos Weber dejó La Moneda, ya era demasiado tarde para asignar a Lagos las responsabilidades que evidentemente le cabían por el Transantiago y otras fallidas políticas iniciadas en su gobierno.

 

Ahora que el gobierno de Bachelet está en un ocaso y la carrera presidencial ya está instalada en el debate político, Lagos no ha tenido reparos en acusar a su sucesora de ineptitud en la implementación del Transantiago. Porque está comportándose como candidato en campaña, Lagos ha acusado a la presidenta saliente de los errores y fallas del gobierno.

 

Pero ya que Bachelet es la primera mujer en La Moneda, la estrategia de Lagos pudiera no ser la correcta. Las encuestas muestran que si bien el rechazo a la gestión presidencial supera a su aprobación, una mayoría aplastante de personas considera a Bachelet una mujer querida por los chilenos.  Por más frustrante que haya sido su gobierno, Bachelet se logró ganar el corazón de los chilenos. Atribuirle responsabilidades y culpas por los errores del Transantiago pudiera ser, aunque estrictamente justificado, una mala estrategia política.

 

El matrimonio político que existió entre el exitoso presidente Lagos y la entonces popular ministra de su gabinete produjo uno de los más notables éxitos electorales en la historia de Chile. Durante el mandato de Bachelet, aunque distanciados, el matrimonio político se mantuvo. Pero ahora que se acercan las presidenciales, las señales de un divorcio entre los dos políticos son evidentes. Pero como suele ocurrir cuando se producen quiebres de pareja, la percepción de quién es el malo y quién es el bueno tiene más que ver con el comportamiento de los actores durante el quiebre  que con las causas que lo gatillaron. Si Lagos opta por una estrategia de denuncia contra las fallas de Bachelet, los costos para el presidente ante la opinión pública bien pudieran superar con creces los beneficios que Lagos espera obtener.