Cabra chica gritona

Patricio Navia

La Tercera, agosto 2, 2008

 

El incidente del jarrón resume excepcionalmente muy bien el lamentable estado actual de la política. El gobierno erró al tildar al injustificado exabrupto adolescente como un ataque contra la democracia y la Alianza dejó que una impulsiva estudiante les arrebatara protagonismo en la oposición.

 

Aunque la estudiante María Música bien se merece una sanción apropiada para su falta (¡escribir 500 veces en un cuaderno que no debe irrespetar a una mujer de 67 años!), la reacción del gobierno y de la oposición refleja incapacidad para liderar un debate sobre una reforma parece cada día más urgente y menos probable de convertirse en realidad.  

 

Si bien el irreflexivo ataque contra la Ministra de Educación fue injustificado, la reacción de la clase política fue excesiva. En algún sentido, el jarrón de agua simbolizó la frustración de una sociedad que hace dos años se conmovió con las protestas estudiantiles y que todavía espera que la clase política logre ponerse de acuerdo para encontrar una solución.

 

Después de dos reemplazos ministeriales en Educación, una celebración a manos alzadas de un acuerdo que duró menos que un recreo, y luego de tres discursos de 21 de mayo con anuncios de reforma educacional, todavía no hay solución, aunque sea parcial, al desigual acceso a educación de calidad.

 

Cuando la historia analice en qué momento se jodió el gobierno de Bachelet, las protestas estudiantiles de mayo de 2006 competirán con el Transantiago. Su reacción inicial ante las protestas estudiantiles llevó a pensar que el gobierno tal vez no tenía dedos para el piano.

 

Desde el comienzo, Bachelet permitió que los estudiantes controlaran la agenda. Esto en parte se debió a que, al formar su primer gabinete, Bachelet dejó fuera a potenciales presidenciables. Si bien logró que nadie la opacara, también perdió la oportunidad de convertir la energía de los políticos con ambición de poder en fuerza positiva para su gobierno, como en una cartera como educación.

 

Preocupada más del cuoteo de género, las caras nuevas y los balances partidistas, Bachelet nunca entendió que su éxito dependía de nombrar ministros poderosos. Creyendo que sería evaluada por sus intenciones y no por sus resultados, incentivó instancias de diálogo y se olvidó de hacer política y forjar acuerdos.

 

El amplio consenso sobre las falencias del sistema educativo no ha permitido forjar acuerdos mínimos. La intención inicial de Bachelet de buscar un acuerdo amplio es parcialmente responsable del fracaso. Las reformas siempre son en la medida de lo posible. Mientras más amplio el acuerdo que se busca forjar, más difícil será alcanzarlo. Al aceptar que los estudiantes ejercieran poder de veto, Bachelet dejó la puerta abierta para que una adolescente de 14 años pudiera amenazar con derribar una reforma que cada día parece más débil en el Congreso. Por cierto, este no es el primer affaire que involucra a un jarrón en la política chilena. Ya en el periodo anterior, la irreflexiva metáfora del Presidente Lagos permitió asociar los jarrones a un gobierno que, en vez de liderar, optaba por buscar excusas.

 

La Alianza, obsesionada con el desalojo, también se olvidó de liderar. Sus dos partidos parecen más preocupados de imponer a un candidato presidencial que de ofrecer alternativas de reformas. En educación, mientras el gobierno parece incapaz de alterar el statu quo, la Alianza parece incapaz de ofrecer propuestas que se hagan cargo de las demandas ciudadanas.

 

Aunque unos pocos desubicados celebran la forma y otros tantos la dramatizan en exceso, en circunstancias normales María Música sería considerada una adolescente malcriada. Pero en el estado actual de inacción y desorden de la política chilena, la chica del jarrón se ha convertido en un símbolo de la frustración de una sociedad que se merece un gobierno y una oposición que sean capaces de forjar acuerdos para solucionar problemas.