Los costos de una proclamación

Patricio Navia

La Tercera, Julio 14, 2008

 

La irreflexiva proclamación de Ingrid Betancourt como candidata al Nobel de la Paz realizada por la Presidenta Michelle Bachelet evidencia tanto injustificada improvisación en las iniciativas internacionales de La Moneda como preocupante irrespeto por los mecanismos y procesos que requiere la diplomacia para sumar aliados y consolidar amistades en el mundo.

 

Cuando el 6 de julio anunció en una entrevista que promovería “decididamente” la candidatura de Betancourt, Bachelet logró cobertura en la prensa mundial. Pero los costos de esa mediática propuesta ya superan largamente sus beneficios de corto plazo. Además que Betancourt hasta ahora ha sido más un símbolo que una partícipe en los esfuerzos por lograr la paz en Colombia, resulta inaceptable ignorar a otros secuestrados. Adicionalmente, la agenda personal y las ambiciones políticas de Betancourt—que intencionalmente se puso en situación de riesgo para ser secuestrada en 2002—hacen poco aconsejable individualizar un problema que afecta a miles en alguien que posiblemente busque cosechar beneficios políticos personales. El Nobel debiera reconocer esfuerzos por promover la paz, no ser plataforma para campañas presidenciales. Sin conocer todos los detalles de la espectacular liberación, y antes de esperar a ver qué liderazgo construye Betancourt ahora que está en libertad, Bachelet se apuró en proclamar su candidatura.

 

Pero mucho más que el “qué”, el principal error en esta nominación está en el “cómo”. Como presidenta temporal de UNASUR, Bachelet debió primero consultar a otros líderes regionales. La propia cancillería chilena fue tomada por sorpresa. Al ‘arrancarse con los tarros’, Bachelet violó uno de las reglas básicas de la diplomacia. La estrategia de los hechos consumados tiende a alienar a potenciales aliados. Algunos países que hubieran podido apoyar la propuesta difícilmente darán un paso al frente ahora. El silencio oficial de Colombia ante la proclamación dice más que mil palabras.

 

El inexistente apoyo internacional recibido hasta ahora refleja una comprensible reacción diplomática ante la unilateral iniciativa de la mandataria chilena. No debiera sorprendernos que en las próximas semanas, la Cancillería busque bajarle el perfil a este anuncio. Después de haber causado un gran efecto mediático, la idea parece comenzar a diluirse. Si bien La Moneda debe sentirse satisfecha de haber logrado poner el nombre de Bachelet en la prensa mundial, los costos de que el liderazgo presidencial chileno quede una vez más asociado a propuestas improvisadas, insuficientemente analizadas y pobremente coordinadas parecen sustancialmente superiores a los beneficios. Precisamente porque Bachelet necesita potenciar una imagen de liderazgo reflexivo, responsable y planificado con su equipo de gobierno y con gobiernos afines, cuando se trata de iniciativas internacionales, su proclamación de Betancourt al Nobel arriesga convertirse en un nuevo error no forzado del gobierno de Bachelet.