El duelo y la clase política

Patricio Navia

La Tercera, junio 1, 2008

 

Los países con democracias maduras acostumbran llevar su dolor serenamente. Evitan sacar dividendos políticos de los momentos de duelo y tienen protocolos rigurosos que permiten a los dolientes vivir su difícil proceso sabiendo que la sociedad también lo hace. Ante la trágica muerte del general director de Carabineros, José Alejandro Bernales, y otros seis chilenos en Panamá, el país debiera sumar a esta sensible pérdida una creciente preocupación por la calidad y seriedad de algunos integrantes de su clase política.

 

Cada nación enfrenta sus tragedias de acuerdo a sus propias costumbres e idiosincrasia. Pero, por ejemplo, sería impensable en Estados Unidos que el gobierno decretara duelo nacional por la muerte accidental, en visita a otro país, del jefe máximo de las tropas en Irak: si no lo hace cuando caen soldados en combate, tampoco lo decreta cuando un oficial de alto rango muere en un accidente. 

 

El duelo nacional anunciado por el gobierno tras el deceso de Bernales, ajustado a protocolo, y los efusivos gestos de contrición de las autoridades nacionales, dejan abierta la duda sobre la cuota de desigualdad que en Chile parece acompañarnos hasta la muerte. Ante el asesinato de carabineros en actos de servicio, como los cabos Vera y Moyano, el gobierno no reaccionó de la misma forma. El propio Bernales dijo ante esos alevosos homicidios contra sus hombres que la muerte de cualquier uniformado es igualmente dolorosa. “No se me va a caer una estrella si se me cae una lágrima”, repetía. Es cierto que se deben seguir protocolos, pero entre las sentidas señales de admiración hay muchas que no se condicen con las críticas que -pública o veladamente- recibía a menudo el general de parte de las autoridades. 

 

Aunque en circunstancias menos trágicas, la muerte del comentarista deportivo Julio Martínez provocó en buena parte de la clase política una demostración similar de constreñimiento y llevó a las autoridades a apurar un cambio de nombre al Estadio Nacional. Ahora se escuchan calificativos a Bernales como “general del pueblo”, que de seguro ganarán la aprobación de la gente. Muchas figuras públicas parecen haberse convertido rápidamente en los mejores amigos del ex director de Carabineros y a ratos parece haberse desatado una suerte de competencia por demostrar dolor, irrespetando el duelo que más importa: el de los familiares y amigos.  

 

En su labor diaria, Carabineros, justificadamente, se ha ganado el respeto y el aprecio de la gente. Sin embargo, esos sentimientos no se han visto reflejados adecuadamente en el apoyo económico que se le entrega a la institución en el presupuesto nacional. Sus sueldos son demasiado bajos -lo que para muchos jóvenes actúa como disuasor para entrar al servicio- y la institución no recibe los suficientes equipos y tecnología que requiere para combatir el crimen. Corregir ese error, silenciosamente, tal vez sea una buena forma de demostrar el verdadero dolor de la clase política por las víctimas de Panamá.