La nueva tesis de Allamand

Patricio Navia

La Tercera, abril 13, 2008

 

A menos que la Alianza logre superar la barrera del 50% en una elección presidencial, La Moneda seguirá en manos de la Concertación. Desde que se estableció el sufragio universal, la derecha nunca ha sido capaz de lograr una mayoría de los votos en Chile. Por eso, los proyectos políticos que emanan, desde ese sector, con la intención de lograr superar esa mítica barrera de la mitad más uno son tan a la vez tan atractivos como improbables.  

 

En su columna en Que Pasa, el Senador Andrés Allamand da muestra tanto de su vocación mayoritaria como de los problemas estructurales que han hecho de la Alianza la más perdedora coalición multipartidista de la historia moderna de Chile. En los veinte años que cumplirá como destacado líder de la Alianza, Allamand ha sido vilipendiado por sus adversarios y por sus aliados. Cuando la Alianza se aferraba a los enclaves autoritarios de Pinochet (incluidos los senadores designados), Allamand buscaba construir un partido que fuera capaz de ganar elecciones.

 

Pero la frustración de tantos fracasos aparentemente ha llevado a Allamand a olvidar que el triunfo electoral es el medio, no el fin. Los partidos quieren ganar elecciones para implementar ciertas políticas, para dirigir al país en una dirección determinada. Esto no significa que las coaliciones sean monolíticas ideológicamente o dogmáticas. Pero si supone que hay intereses y visiones afines. Eso le falta ahora a la Alianza. Al invitar a parlamentarios que dejaron la Concertación, Allamand está más preocupado del medio que del fin. Porque poseen posturas ideológicas muy distintas a las de la derecha moderna, la posible llegada de estos senadores dificulta aún más la ya compleja tarea de concordar una visión de país. El gran error del desalojo es no explicitar qué reemplazaría a la Concertación. Mientras los chilenos no se convenzan de la alternativa, la Concertación seguirá sumando victorias electorales como el mal menor.

 

Cuando se acababa la dictadura, los partidos de centro e izquierda se unieron para construir una transición pacífica y exitosa hacia la democracia. La Concertación cautivó el corazón y la mente de los chilenos con un sueño de democracia y reconciliación. En cierto modo, la Concertación fue víctima de su propio éxito. Veinte años después, su éxito ha sido tal que los chilenos ya ni se acuerdan de cómo era el Chile de Pinochet.

 

Hoy, la Alianza arriesga equivocar el camino. Algunos sólo quieren el desalojo concertacionista sin entender que deben promover un sueño incluyente de país. Allamand cree que la Alianza puede llegar al poder si suma a Schaulsohn, Adolfo Zaldívar o Fernando Flores. Cuando la Alianza necesita desesperadamente sueños de inclusión y de oportunidades para todos, Allamand quiere sumar generales que nunca demostraron gran habilidad para convocar tropas. Obsesionado por los espacios de poder de la elite, Allamand llama a la Alianza a olvidarse de la gente que, en definitiva, decidirá quién ha de ocupar La Moneda en 2010. Peor aún, mientras Allamand pone sus fichas en la formación de una coalición accidental cuyo mosaico ideológico puede ser solo unido por la inestable sed de poder individual, muchos diputados y las directivas de los partidos de la Alianza demuestran su intolerancia y autoritarismo en un tema que sí importa a la gente, como el acceso igualitario a la píldora del día después.  

 

Mientras la Alianza no entienda que, para llegar a La Moneda, tiene que adoptar posiciones congruentes con las de la mayoría, mientras no abandone sus resabios autoritarios y no siga obsesionada con imponer su moral sobre el resto, el electorado seguirá dando su voto, aún si es sin convicción, a la Concertación. Aunque tolere la corrupción, el amiguismo y el nepotismo, la Concertación seguirá siendo el mal menor mientras la Alianza esté más interesa en llegar al poder que en convencer a los chilenos que tiene un plan de gobierno que redundará en beneficios para todos.