El reality político de Estados Unidos

Patricio Navia

La Tercera, febrero 3, 2008

 

Si el entusiasmo, la parafernalia y la concurrencia al debate pudieran anticipar los resultados, el Partido Demócrata tiene todas las de ganar en la próxima elección presidencial estadounidense. Pero los dos debates realizados en California reflejan que la campaña estadounidense, pese a su lógica de reality show, da cuenta del saludable estado de la democracia en ese país. Los detractores de Estados Unidos a menudo destacan la excesiva influencia del dinero en su política y la falta de profundidad en las campañas televisivas. Pero después de asistir a los dos eventos, quedé impresionado de la solidez y profundidad del debate político. Hace dos siglos, el pensador francés Alex de Tocqueville expresó su admiración por este país en La Democracia en América. Aunque sin duda existen problemas en Estados Unidos y los candidatos caen víctimas de la tentación de prometer cosas imposibles o buscar chivos expiatorios para ocultar un mal liderazgo, me sedujo la profundidad del debate demócrata (y a ratos también del republicano, donde la presencia de más candidatos hacía más difícil debatir). Un periodista mexicano que estaba sentado a mi lado lo resumió magistralmente: “ya quisiera yo que en mi país tuviéramos un debate así de honesto, profundo y detalle entre dos candidatos tan bien calificados como Obama y Clinton.”

 

El debate republicano

El miércoles 30 de enero, los cuatro candidatos presidenciales republicanos debatieron ante un reducido público en la Biblioteca Presidencial de Ronald Reagan, a 90 minutos de Los Ángeles. Alejada del liberalismo de San Francisco y Los Angeles, pero también distante de la conservadora San Diego, la Biblioteca Reagan era perfecta para un partido que se sabe minoritario en California. Además, los republicanos se sienten más cómodos con la memoria de Reagan que con el cada día más impopular legado del actual presidente Bush. Era preciso resucitar a Reagan para poder sepultar Bush.

 

De hecho, el aplausómetro dejó en claro que Reagan es más popular que cualquier aspirante. Ya sea porque es visto como demasiado independiente, liberal e indisciplinado, el senador John McCain no termina de convencer a los duros del partido. A su vez, porque parece cambiar sus posturas para satisfacer a la audiencia y porque parece más gerente que presidente, el ex gobernador Mitt Romney tampoco entusiasma. Además, es mormón. Para la derecha religiosa protestante, es un trago particularmente amargo. El ex gobernador de Arkansas Mike Huckabee posee el carisma y las credenciales (fue pastor protestante) que lo harían favorito en un año normal. Pero sus posturas ultraconservadoras lo hacen inviable dado el impopular legado de Bush.  

 

Buscando convertir su derrota en las primarias de Florida en una victoria parcial, el ex alcalde Rudy Giuliani optó por apoyar inmediatamente a McCain. Aprovechando la masiva presencia de medios, lo hizo en la propia Biblioteca Reagan. La conferencia de prensa duró 10 minutos. McCain abría el debate con un poderoso primer golpe. Minutos después, el gobernador de California, el republicano Arnold Shwarzenegger entró raudo al “spin room”. Literalmente traducido como “sala de vueltas”, es el lugar donde los asesores de las campañas y las principales figuras públicas subrayan los mismos puntos que sus candidatos intentan comunicar en el debate. El “gobernator” insinuó que le daría su apoyo a McCain al día siguiente. Segundo golpe del senador por Arizona.

 

Más que observar los debates, los estadounidenses se informan en compactos de noticias televisivas. Por eso, los candidatos se esmeran en lograr frases pegajosas y atractivas. Los medios a su vez se esfuerzan por lograr la foto, la frase, la toma televisiva que resuma el debate. Así como en un reality show, todos prenden sus cámaras, disparan fotografías y encienden las grabadoras en busca del momento más exitoso del debate. La cantidad de periodistas, fotógrafos, camarógrafos, productores y técnicos superaba con creces la de los asistentes. El reducido número de invitados parecía ser esencialmente de contribuyentes a la campaña. Después de todo, nadie abre la billetera sin esperar algo a cambio.

 

Ya que McCain llevaba la delantera, Romney tenía que tomar la iniciativa. Después de sus frustrados intentos por demostrar que era mejor candidato, el debate no produjo ganadores. Pero el empate favorece al que va primero, McCain. Noventa minutos después, cuando había terminado la enloquecida repetición de frases hasta el cansancio en el spin room, los técnicos desmontaron los equipos y el tranquilo silencio de la noche californiana retornó al Simi Valley. El reality continuaba al día siguiente con el debate demócrata.

 

El debate demócrata

Después de la salida del ex senador John Edwards, sólo quedan los senadores Clinton y Obama en carrera. El debate a celebrarse en el Kodak Theater de Hollywood (el mismo donde se entregan los premios Oscar) permitiría el primer cara a cara de ambos formidables candidatos.

 

El ambiente era de fiesta. Acostumbrado a la parafernalia de los medios, las calles de Hollywood estaban llenas de simpatizantes de ambos. Había carteles defendiendo las causas más diversas y peculiares: desde las ballenas hasta la abolición de impuestos internos, desde los derechos indígenas hasta el aborto, incluso carteles de candidatos republicanos.

 

El teatro, lleno de contribuyentes, estrellas de cine y políticos, estalló en aplausos con la entrada de los candidatos. Por primera vez, uno de los dos partidos importantes nominaría ya sea a un negro o una mujer. Los demócratas, entusiasmados, sentían la victoria al alcance de sus manos. La percepción de tener cerca una victoria histórica—asociada con la ilusión de que todos los problemas, incluida la guerra en Iraq, se terminarán automáticamente junto al periodo de Bush—convirtió el debate en una celebración. Desde el corazón de la industria del cine y la televisión, los súper mediáticos candidatos se esmeraban en aclarar sus diferencias y en repetir que los republicanos, con Bush a la cabeza, habían llevado al país en la dirección equivocada.

 

Los 120 minutos de debate volaron. Ambos candidatos son notables oradores y claros expositores. Desde la discusión sobre la reforma a la salud hasta intrincados detalles de cómo lograr el fin de la guerra en Iraq, los dos demostraron conocimiento, preparación y, ciertamente, ganas de ser el próximo presidente. Aunque el público se dividía en preferencias, la sugerencia de que pudiera haber una dupla Obama/Clinton o Clinton/Obama hizo estallar al atiborrado teatro en aplausos. Aunque es improbable que eso ocurra, la percepción de que tienen dos aspirantes notables—mucho mejores que los de 2000 y 2004—lleva a muchos a sentir que la derrota de cualquiera será una pérdida para el partido.

 

Sin exagerar, este fue uno de los debates más notables en los últimos 20 años. Con verdadero intercambio de ideas y propuestas, respetuosas críticas y entusiasmo por la posibilidad de la victoria en noviembre, el debate reflejó el saludable estado de la democracia estadounidense. Los periodistas  hicieron preguntas difíciles, los candidatos respondieron bien y hubo una clara diferenciación entre ambos. Aunque no hubo un claro ganador, los asistentes quedaron satisfechos. El debate fue útil, y fue debate.

 

La locura del spin room se confundió con las entrevistas a las estrellas de Hollywood. La gente a la salida del teatro gritaba slogans políticos con el mismo entusiasmo que saludaban a la farándula. Los medios preparaban sus compactos de 90 segundos. Terminaba un nuevo capítulo del reality.