¿Dinastía Lagos?

Patricio Navia

La Tercera, diciembre 9, 2007

 

La renuncia de Lagos Weber al gabinete y su lanzamiento de campaña senatorial anunció el comienzo del fin del gobierno de Bachelet. Al presagiar el inicio de la dinastía política Lagos, también resalta las fortalezas y debilidades del legado del ex presidente.

 

Bachelet siempre advirtió que el suyo sería un gobierno corto (aunque no indicó que sería también tibio en crecimiento y modesto en reformas modernizadoras). Dos años después de su victoria se empieza a desgranar el choclo de su gobierno. Pero sorprende que el primero en abandonar el barco sea Lagos Weber. Desde que fue nombrado, Lagos W. despertó sospechas sobre su lealtad. Porque hizo su carrera política a la sombra de Lagos padre, Bachelet demostró no querer romper con el padre cuando nombró al hijo en su gabinete.  

 

Aún así, Lagos W. siempre hizo esfuerzos para demostrar lealtad con “mi presidenta”. Meritoriamente, puso gran empeño en ser vocero coherente en un gobierno desordenado. Pero nunca logró constituirse en un ministro políticamente influyente.  Para su fortuna, Lagos W. tuvo la misma fortaleza que alimentó la carrera política de Bachelet. El hijo del ex presidente tenía cercanía con la gente y era popular. Pese a su deslucido desempeño como vocero—igual que el de Bachelet en salud y defensa—Lagos W. estaba entre los más populares del gabinete. En cierto modo, Lagos W. ocupó el mismo lugar Bachelet tuvo en el gobierno de Lagos padre.

 

Ahora bien, Bachelet intentó seguir por el mayor tiempo posible en el popular gobierno del padre. Pero como el gobierno de Bachelet ha tropezado desde sus inicios, Lagos W. se apuró en gatillar el inicio de la próxima campaña. Al hacerlo, también intenta reponer el apellido Lagos en la agenda política. Los escándalos del Transantiago y la corrupción en ferrocarriles han enlodado el legado del gobierno del padre. Mientras más se demore en desmentir rumores, más alimenta Lagos las especulaciones sobre sus ganas de volver. De ser candidato, Lagos Escobar se verá obligado a defender los logros de su gobierno aunque quiera hablar de futuro. El ingreso del hijo a la arena electoral le permite a los Lagos intentar poner temas de futuro en la agenda.

 

Pero el intento de establecer una nueva dinastía política no está exento de costos. Con su ingreso, Lagos W. fortalece más el laguismo que las instituciones democráticas de las que su padre siempre hablaba. Después de todo, Lagos hijo hizo carrera a la sombra de su padre. Desde la beca de gobierno para estudiar un doctorado (que nunca terminó) recibida cuando su padre era el ministro de educación hasta sus puestos como funcionario de confianza, Lagos ha combinado su pertenencia a la familia concertacionista con el “reúne los requisitos” para construir una respetable carrera que, por cierto, ejemplifica cómo la coalición de gobierno ha privilegiado los apellidos y contactos en vez de la meritocracia ciega.

 

Con ese pecado inicial a cuestas, Lagos W. entra a la arena electoral. Además de echar una anticipada primera paleteada al gobierno de Bachelet, su irrupción como candidato saca a la luz lo mejor y lo peor del legado de su padre. Por un lado está la popularidad del apellido, dulce en el paladar y algo amargo en el vientre, y su propia simpatía. Por el otro, pese a los dichos de su padre alegando lo opuesto, su candidatura refleja la tendencia de la política chilena, incluida ahora la dinastía Lagos, de confiar más en las personas que en las instituciones.