Bachelet entre Adolfo y Soledad (¿Y qué dice Bachelet?)

Patricio Navia

La Tercera, diciembre 2, 2007

 

La nula influencia que tiene Michelle Bachelet sobre el conflicto al interior del PDC refleja la percepción generalizada en el PDC que este gobierno no será más de lo que ha sido. A su vez, al no inducir a sus principales ministros DC a intervenir en la crisis, La Moneda se resigna a ocupar papeles secundarios en los procesos políticos clave del resto del periodo.

 

Pese a ser militante socialista de toda la vida, Bachelet demostró menos capacidad para lidiar con los partidos que su predecesor Ricardo Lagos. En parte, la distancia de Bachelet hacia los partidos emanó de la forma en que ella llegó a ser candidata. Aunque las encuestas impulsaban sus aspiraciones, los partidos no se tomaron en serio su candidatura. En parte por eso, Bachelet intentó impulsar un gobierno ciudadano, donde los partidos políticos eran solo un mal necesario. Desde el nombramiento de su primer gabinete hasta su forma de abordar algunos problemas emblemáticos, Bachelet ha demostrado poca inteligencia emocional para entender los ritos partidistas. La misma mujer que acusa incomprensión para su forma de hacer política a su vez ha pecado de incapacidad para entender la cultura de los partidos políticos.

 

Si bien dice privilegiar los gobiernos desde abajo hacia arriba, desconociendo su diversidad interna, ha negociado con los presidentes de partido de forma monolítica. Esa actitud ha alimentado inconformidades al interior de los partidos. En el PS, múltiples voces reclaman contra el estilo autoritario de su presidente Camilo Escalona. Aliado de Bachelet, Escalona ha intentado disciplinar al partido y Bachelet ha respondido ignorando a los grupos disidentes y tratando al PS como si la verticalidad de mando de Escalona reflejara uniformidad en las bases.

 

En su trato con la DC, Bachelet privilegió una verticalidad de mando contradictoria con su discurso de pluralismo y gobierno ciudadano. Cuando Adolfo Zaldívar era presidente de la DC, Bachelet negoció con él la conformación de su equipo de campaña y los nombramientos en el gobierno. Cuando Alvear llegó a la presidencia del PDC, Bachelet la convirtió en única interlocutora de ese partido. Marginado por Alvear ante La Moneda, Zaldívar vio como su principal rival en el comando de campaña, el ahora titular de Hacienda Andrés Velasco, acumulaba más poder. Zaldívar entendió al Transantiago como una inmejorable oportunidad para debilitar a Velasco y para aleccionar a Bachelet sobre la inconveniencia de ignorarlo. De paso, tensionó la relación con Alvear al punto de amenazar veladamente con la destrucción del partido si se decreta su expulsión.

 

Con guerra civil desatada en el PDC, el gobierno solo puede tomar palco. Ya que su estrategia fue negociar con quienquiera liderara el partido, Bachelet debe esperar que se dirima el conflicto. Pero como la disputa ocurre al interior de su coalición e inevitablemente salpica la capacidad de gestión de su gobierno, esa espera implica altos costos. Peor aún, ya que la estrategia de ambos bandos en disputa en la DC es ignorar a La Moneda, este conflicto constituye una tácita pero poderosa declaración sobre la irrelevancia del gobierno en disputas sobre el futuro político del país. Por eso, aunque sepa que tiene mucho que perder si este conflicto se prolonga, Bachelet está atada de manos y solo puede observar cómo se dirime el principal conflicto interno partidista ocurrido en la historia de la Concertación, desde un palacio de La Moneda que cada vez se asemeja más a un castillo rodeado de amenazas.