¿No más mujeres en La Moneda?

Patricio Navia

La Tercera, noviembre 25, 2007

 

Inconvenientemente, Michelle Bachelet ha atado la suerte de futuras aspirantes presidenciales a su propio éxito como presidenta. Porque ha insistido en que las mujeres tienen un estilo distinto de hacer política y que dicho estilo se refleja en su forma personal de liderazgo, las posibilidades electorales de futuras candidatas dependen de que Bachelet termine su gobierno con altos niveles de aprobación. 

 

Respecto a sus predecesores, Bachelet tiene un estilo distinto de hacer política. Aylwin era paternal pero jerárquico, Frei era distante y eficiente, y Lagos potenció un estilo autoritario y republicano. Bachelet ha insistido en privilegiar su estilo cercano y horizontal. La desordenada reacción a las protestas estudiantiles alimentó cuestionamientos sobre su liderazgo. Pero fue el desastre del Transantiago lo que erosionó su discurso de gobierno ciudadano. Desde entonces, la suerte de su administración está inevitablemente asociada al sistema de transportes capitalino.

 

No todos los presidentes pueden los más exitosos. Bachelet posiblemente quede por debajo del promedio post-dictadura. Si bien era inevitable que un mal desempeño suyo afectara las posibilidades electorales de la Concertación en 2009, el efecto negativo sobre las posibilidades electorales de otras mujeres era perfectamente prescindible. Así como hay estilos de gobiernos distintos entre los hombres, las mujeres gobiernan de acuerdo a sus características de personalidad. Así como hay mujeres con personalidad fuerte y frontal como Margaret Thatcher o Golda Meir, hay otras conciliadoras como Bachelet. La diversidad de estilos que hemos visto en hombres en el poder también aparece en el grupo más reducido de mujeres gobernantes. Desde Angela Merkel a Gloria Macapagal-Arroyo, las mujeres han mostrado tanta diversidad en sus desempeños como los hombres.

 

Pero Bachelet insistió en asociar su estilo personal con una condición inherente y particular de todas las mujeres. Como resultado, sus bajos niveles de aprobación se traducen en un rechazo generalizado a candidaturas presidenciales femeninas. Así se recoge en una encuesta de la UDP, que señala que el 54% de los chilenos cree que el próximo presidente debe ser hombre. Lo mismo piensa el 67% de los que desaprueban la gestión de Bachelet. Es decir, el rechazo a su administración alimenta la oposición a la idea de tener a una mujer en La Moneda en 2010.

 

Aunque ahora parece demasiado tarde para que la Presidenta reconozca que las mujeres presentan tanta diversidad como los hombres, el desafío de las mujeres que aspiran a puestos de elección popular consiste en combatir la idea que todas las mujeres comparten un solo estilo de  hacer política. Las mujeres interesadas en demostrar que el triunfo de Bachelet no fue una anomalía deben combatir el estereotipo que todas las mujeres políticas tienen las mismas prioridades y privilegian el mismo tipo de liderazgo. Aunque Bachelet le hizo un flaco favor a la causa por la igualdad de la mujer en la política al pretender encasillar a todas las mujeres en el modelo que ella legítimamente privilegió, la tarea cuesta arriba para otras mujeres presidenciables no es imposible. Así como la historia nos ha enseñado que los hombres gobiernan con una multiplicidad de estilos, eventualmente nos acostumbraremos a ver que las mujeres políticas presentan una diversidad similar.