Un partido de enemigos

Patricio Navia

La Tercera, noviembre 18, 2007

 

El PDC se ha convertido en un partido de enemigos. Después de gobernar exitosamente durante la primera década del periodo post dictadura, la DC ha caído víctima de un conflicto interno que ha desangrado al partido, ahuyentado simpatizantes y erosionado su capacidad de garantizar la gobernabilidad en la Concertación y en el país. A menos que tome decisiones drásticas pronto, el PDC avanzará lenta pero decididamente hacia la irrelevancia en el sistema de partidos chileno.

 

Desde las postrimerías del gobierno de Frei, las tres principales facciones de la DC se enfrascaron en un conflicto que ya les ha costado dos elecciones sin candidato presidencial y que ha reducido su representación parlamentaria a menos de la mitad de lo que tenían en 1990. Después de controlar La Moneda y la mayoría de los ministerios a comienzos de los 90, el PDC ahora ocupa un papel secundario en la Concertación. Aunque socialistas, radicales y PPD argumenten lo contrario, cada día parece más factible la existencia de una Concertación exitosa sin PDC. A dos años de las próximas elecciones, las candidaturas presidenciales del PPD Lagos y del PS Insulza parecen más viables que la de Soledad Alvear, la única aspirante DC que aparece en las encuestas.

 

En parte, el ejercicio del poder desgastó al partido. La facción de los guatones—llamada así por su cercanía con el poder—gobernó con Aylwin y Frei. Los derechistas ‘colorines’ (liderados por Adolfo Zaldívar) siempre miraron con recelo la pertenencia a la Concertación. Los izquierdistas ‘chascones’ apoyaban a la coalición centro-izquierdista, pero resentían ser marginalizados por los guatones. La sensación de marginalidad llevó a unirse a colorines y chascones. Por diversos motivos, ambos prefirieron debilitar la candidatura de Soledad Alvear en 2005 y apoyar a Bachelet. Pero después que Bachelet terminara gobernando con los guatones—liderados por Alvear—con políticas de economía social de mercado (rechazadas por colorines y chascones), se desató la guerra civil en el partido. El rechazo de los colorines al financiamiento al Transantiago—proyecto liderado por su camarada DC René Cortázar, leal a Alvear—fue el más reciente incidente de una historia de confrontaciones que ya, francamente, no sorprende a nadie.

 

Porque ninguna de las dos facciones actuales es lo suficientemente poderosa como para imponerse, la DC está en un mal equilibrio. Si el partido no hace nada, la guerra civil que ya cumplirá 10 años de duración terminará por destruir a la DC. Si en cambio se decide a actuar, el quiebre del partido es inevitable. Porque ambas facciones se sienten profundamente DC y están convencidos que sus adversarios están traicionando los principios del partido, nadie está dispuesto a renunciar a sus esfuerzos por controlar el partido. Las zancadillas, cuchilladas y abiertas intentos de camaradicio (asesinato de camaradas DC) están a la orden del día.

 

Por eso, bien pudiera ser que el dolor inmediato de un quiebre partidista sea ahora preferible a la agónica lenta pero segura destrucción actual. La mejor forma de salvarse a si misma de la DC—o las dos DC que hoy coexisten—es asumiendo la realidad y negociando un divorcio. Después de aceptar que ya no pueden habitar bajo el mismo techo, las dos facciones debieran negociar un acuerdo que reduzca los costos y evite la desaparición de un partido confesional, gestando la creación de una DC-Concertación y una DC-anti modelo.   

 

Un quiebre negociado le permitirá a las dos facciones crecer hacia los sectores que ven como sus potenciales votantes. Mientras Alvear podrá consolidar su posición como candidata del centro moderado que apoya las políticas económicas de la Concertación, Adolfo Zaldívar podrá salir a capitalizar su discurso de corrección al modelo, compitiendo con el PS entre los que prefieren un estado desarrollista y con la UDI en la promoción de políticas asistencialistas. La suma de votos que reciban los dos partidos será superior al cada día más irrelevante peso electoral del PDC actual.

 

Todo divorcio es doloroso. Pero la negación es peor. Porque hay que mirar al frente y construir futuro, la DC bien debiera considerar la posibilidad de un divorcio pactado que evite la autodestrucción del partido.