¿Disciplinado o empoderado?

Patricio Navia

La Tercera, agosto 22, 2007

 

Aunque diga preferir ministros empoderados, el bozal político es la única herramienta que tiene Bachelet para evitar que emerjan las palmarias diferencias ideológicas entre los miembros de su gabinete. Si quiere ministros empoderados, debe primero dar señales claras sobre qué rumbo ideológico tomará su gobierno. Mientras persistan los conflictos entre el titular de Hacienda Andrés Velasco y el ministro del Trabajo Osvaldo Andrade, cualquier empoderamiento ministerial inevitablemente terminará en el mismo conflicto ideológico que tiene paralizada a La Moneda.

 

En días recientes, la mandataria indicó su preferencia por tres principios incompatibles entre sí. En el Cerro Castillo, llamó a sus ministros a trabajar juntos por los objetivos del gobierno. Luego, en entrevista el fin de semana, anunció el empoderamiento de sus ministros. Tercero, al no realizar un cambio de gabinete, Bachelet evitó zanjar las evidentes diferencias ideológicas, estratégicas y tácticas que existen en su equipo. Con esto, Bachelet demuestra querer lo imposible. Por un lado, pretende darle a su gabinete la disciplina y el poder que solo emanan de la coherencia ideológica. Por el otro, se niega a decidir cuál será la línea que siga su debilitado y desordenado gobierno.

 

Desde la propia campaña presidencial, Bachelet viene dando señales contradictorias respecto al legado que espera construir. Mientras el entonces presidente DC Adolfo Zaldívar llamaba a corregir el modelo, el principal asesor económico de Bachelet, Andrés Velasco, redactaba un programa de gobierno que buscaba profundizar la economía social de mercado. Como la prioridad entonces era ganar la elección, el arcoíris concertacionista ignoró la tensión entre autocomplacientes y autoflagelantes. Todos anticipaban que las diferencias se zanjarían una vez que Bachelet llegara a La Moneda.

 

Dieciocho meses después, las diferencias persisten. El gabinete se divide entre los que quieren corregir el modelo y los que aspiran a perfeccionarlo. Desesperadamente buscando consenso, Bachelet ha dado señales confusas de apoyo a ambos bandos. Algunos ministros se han arriesgado, haciendo declaraciones y tomando decisiones que avanzan sus propias agendas. Inevitablemente han surgido los conflictos. Cada vez que eso ocurre, Bachelet llama al orden. Pero nunca queda claro cuál posición se impuso. Los ministros se sienten debilitados y el gobierno pierde la iniciativa. La misma historia se ha repetido demasiadas veces.

 

Afortunadamente, Bachelet puede corregir su error. Para ello, debe optar por uno de los modelos de gobierno que tiene sobre la mesa. Después de tantos años en el poder, las dos almas de la Concertación han aprendido a disciplinarse—aceptando derrotas y no abusando de sus victorias—con tal de mantener el poder. Bachelet debe ahora empoderarse a si misma y escoger una hoja de ruta a seguir por los pocos meses de gobierno efectivo que le restan.