¿En quién confia Bachelet?

Patricio Navia

La Tercera, agosto 12, 2007

 

De todas las soledades del poder, Bachelet experimenta la más difícil. Su llegada a La Moneda fue vertiginosa. Por eso, no puede contar con el consejo desinteresado de viejos y confiables aliados políticos. Debido a que aquellos que saben de política no son sus amigos y ya que su círculo íntimo sabe poco de política, Bachelet sobrelleva una soledad del poder superior a las de sus predecesores.

 

Los presidentes saben que sus aliados, partidarios, opositores e incluso funcionarios de confianza tienen agendas propias. Porque los políticos legítimamente aspiran a adquirir más poder, sus intereses no están necesariamente alineados con los de la Presidenta. Como Bachelet no aspira a seguir en política después de 2010, aquellos que si tienen aspiraciones saben que sus alianzas son de corto plazo. Lo que es bueno para sus aliados no es siempre bueno para Bachelet.  

 

Los presidentes siempre alimentan especulaciones sobre futuras intenciones porque mientras más amplio sea su horizonte de vida útil, más fácil resulta forjar alianzas duraderas y ejercer poder. Aún aquellos que están por retirarse intentan prolongar su influencia. En 1992, Aylwin intentó posicionar a su titular de Hacienda, Alejandro Foxley, como candidato presidencial para frenar las arremetidas de Frei Ruiz-Tagle y de Lagos Escobar. Ya sea personal o vicariamente, los presidentes buscan extender su legado más allá del fin de sus periodos. Los que no lo hacen se convierten en tempraneros patos cojos. Bachelet parece haber cometido ese error.

 

Antes de llegar al poder, Bachelet no tuvo tiempo—o interés—para forjar redes y alianzas con políticos, empresarios, intelectuales y amigos personales que le permitieran ver más allá de las inevitables intrigas de palacio, de los conflictos entre los partidos y de los desórdenes producidos por los roces en las agendas de ambiciosos ministros y parlamentarios oficialistas.  Bachelet llegó a La Moneda con pocos amigos experimentados en los pasillos de la política.

 

Aún peor, Bachelet se rodeó de un círculo íntimo que desconoció la importancia de un gabinete fuerte y que reiteradamente ha buscado dar golpes de imagen que la fortalezcan. Pero cada golpe de imagen ha evidenciado las cavilaciones de la presidenta. Los cambios de gabinete se dilatan en exceso. Los ministros se indisciplinan apenas se acallan los ecos del último regaño. El círculo íntimo—atrincherado en un debilitado y desprestigiado segundo piso—sólo atina a intentar nuevos golpes de imagen para potenciar la autoridad presidencial.

 

Por cierto, Bachelet no hierra al desconfiar de los partidos y de sus ministros. Sólo un político iluso cree que sus ministros y los partidos son leales a toda prueba. Los errores de Bachelet son producto de su confianza en asesores que, siendo incuestionablemente leales, no entienden cómo administrar el poder. El error no es ser casi siempre desconfiada, sino confiar selectivamente en personas equivocadas. En vez de entregar la administración de su gobierno a un gabinete fuerte y asumir un cómodo papel cuasi monárquico, Bachelet insiste en seguir los agotados consejos de sus asesores de imagen. Pero esos repentinos golpes de autoridad tienen sus niveles de aprobación por el piso, debilitan todavía más a sus ministros y despiertan dudas sobre su liderazgo. En un contexto de inmejorables condiciones económicas, el rechazo a Bachelet es creciente.

 

En el poco tiempo que le queda, Bachelet debe convertir la soledad del poder y su falta de amigos cercanos en su principal fortaleza. Ya que tiene pocos amigos, creíblemente puede entregar el poder a un gabinete fuerte exigiendo a cambio que éste trabaje para potenciar su imagen de presidenta cercana. Más que fortalecer su segundo piso obsesionado con cuestiones de imagen e incapaz de construirle un aura de autoridad, Bachelet debe fortalecer su gabinete, asumiendo que, porque no quiso o no supo administrar el poder, ahora debe dejar que sus ministros lo hagan en su nombre.