Cambio de gabinete y de mentalidad

Patricio Navia

La Tercera, agosto 2, 2007

 

Cuando se habla de un cambio de gabinete, se espera que el nuevo equipo tenga un mejor manejo político. Pero el debate actual sobre quiénes se van y quiénes podrían entrar, evidencia el problema de fondo del gobierno. Mientras Bachelet no decida qué legado quiere construir, ningún gabinete logrará imponer una hoja de ruta que ordene al gobierno y a la Concertación. Si bien los rumores sobre ganadores y perdedores seducen al reducido público informado, el verdadero debate ocurre en la cabeza de la Presidenta. Sólo cuando Bachelet se decida por una de las hojas de ruta disponibles, un cambio de gabinete tendrá el efecto renovador que los dos cambios anteriores fueron incapaces de producir.

 

Los actuales rumores sobre un cambio despiertan pocas expectativas de que Bachelet finalmente asuma el activo liderazgo presidencial que requiere nuestro sistema institucional y al que está acostumbrado el país. Es verdad que un tercer ajuste antes de que el gobierno cumpla 18 meses ayudaría a estabilizar a esta administración. Pero como quedó claro con el ajuste de hace cuatro meses, el efecto del remedio dura poco.

 

Peor aún, lo arduo que le resulta a Bachelet tomar decisiones difíciles y su encono por construir consensos a toda costa probablemente también se hagan presentes en cualquier nuevo cambio de gabinete. Los rumores de cambio consumirán al gobierno por semanas y los costos de la indecisión de la Presidenta terminarán limitando los beneficios que siempre produce renovar rostros. Quedarán demasiados heridos innecesarios en el camino y el desprolijo manejo de La Moneda producirá demasiados ruidos que opacarán el debut de los nuevos ministros. Aunque cambien los nombres, los papeles que han jugado los ministros en un gobierno sin hoja de ruta difícilmente se alterarán. Sin una autoridad que decida quiénes son los ganadores y quienes los perdedores en las inevitables disputas al interior de cualquier gabinete, cualquier nuevo ministro inevitablemente enfrentará los mismos problemas que hicieron sucumbir a sus predecesores.

 

Después que sus efectos políticos parecían superados, el fantasma del Transantiago volvió a asolar al gobierno. La disputa evidente de Velasco, el de Interior, y Velasco el de Hacienda desvía la atención de otras disputas más recurrentes pero menos intensas a las que nos ha acostumbrado esta administración. Desde las protestas estudiantiles de 2006 hasta la negociación de Codelco, desde las disputas por la ley de presupuesto hasta la reforma de las pensiones, este gobierno lava su ropa sucia en plaza pública. Para una Moneda que inicialmente se esmeró en evitar filtraciones a la prensa, las disputas políticas internas han sido indiscretamente públicas. A la hora de enfrentar conflictos internos, a este gobierno le faltó pudor.

 

La responsabilidad, naturalmente, no es solo de Bachelet. La incapacidad de muchos ministros y asesores (que debieron haber rechazado ofrecimientos de cargos para los que claramente no estaban preparados), la poca colaboración de los partidos (que en vez de tirarle salvavidas al gobierno parecen todavía ofendidos porque Bachelet los ignoró cuando asumió su gobierno), la carrera presidencial desatada (resultado inevitable de la torpe decisión de excluir a presidenciables del gabinete) han coadyuvado a debilitar al gobierno. Pero al final del día, la responsabilidad recae sobre una Presidenta que nunca supo transformar su liderazgo ciudadano y popularidad electoral en distante e institucional autoridad presidencial. Mucho más preocupada de los chilenos que de Chile, Bachelet no ha podido dar el ancho en La Moneda. De poco servirá realizar un tercer cambio de gabinete si la Presidenta primero no cambia de actitud, estilo y mentalidad.

 

Con su ajuste de gabinete de marzo de 2007, Bachelet bien pudo haber gastado su último cartucho para dejar un legado permanente y positivo. De realizarse, un tercer gabinete tendrá más que ver con evitar que el barco se hunda antes de tiempo que con la expectativa de que un nuevo equipo realice profundas transformaciones en el país. Mucho más que planear una estrategia para coronar su condición de primera presidenta con profundas reformas, Bachelet ahora solo debe evitar que las recurrentes crisis—incluida esta reencarnación del Transantiago en crisis política sobre quién supo qué y cuándo—la pongan en el dudoso sitial de dirigir el peor gobierno desde el retorno de la democracia.