TransCodelco

Patricio Navia

La Tercera, julo 29, 2007

 

De la misma forma como ocurrió con el Transantiago, la negociación entre Codelco y los sindicatos de trabajadores subcontratados tuvo problemas de diseño e implementación. Ahora, el gobierno debiera evitar repetir los errores cometidos hace 6 meses. Porque quien quiere gobernar para todos acaba gobernando para nadie, Bachelet debe mantenerse firme en el timón y con una sola hoja de ruta.

 

La Presidenta debería reprimir su instinto de siempre querer construir consensos. El gobierno debe tener una sola línea. En tanto se mantengan tres posturas distintas al interior del gabinete, se mantendrá la tensión en Codelco. Peor aún, TransCodelco repercutirá negativamente sobre la Concertación, sobre el ánimo del país y sobre la propia estabilidad del gobierno de Bachelet.

 

Postura 1: Andrés Velasco

Aunque la negociación ha estado a cargo del presidente ejecutivo de Codelco, José Pablo Arellano, la postura fue definida por el titular de Hacienda Andrés Velasco. Codelco acepta pagar un bono a los subcontratistas sujeto a metas de productividad, pero deja precedentes claros que delimitan una interpretación amplia de la ley de subcontratación. Esta postura, aplaudida por el sector empresarial, ha sido apoyada por la Presidenta Bachelet.  Luego de lograr un acuerdo con la mayoría de los subcontratistas, Codelco busca deslegitimar a los grupos en huelga—dirigidos por el dirigente PC Cristián Cuevas—y asociarlos con la violencia y con motivaciones políticas que sindicales.

 

Aunque inicialmente parecía que la postura de Hacienda se había impuesto, las declaraciones de otros miembros del gabinete confundieron las cosas. La propia Presidenta dio señales a favor de un mayor diálogo. La poca habilidad política y negociadora de Arellano y Velasco contribuyó a debilitarlos. Sin entender que Bachelet incurría en altos costos con la izquierda al darle un espaldarazo, el dúo neoliberal no actuó con magnanimidad en la victoria. Peor aún, no pudo cerrar la negociación adecuadamente, ni pudo aislar a los sectores más radicales.  Velasco y Arellano no supieron apreciar el costo político que asumía el presidente de la Federación de Trabajadores del Cobre (CFT), el también socialista Raimundo Espinoza al darle su apoyo. Cuando debía demostrar habilidad política, Hacienda y Codelco se comportaron como elefantes en vidriería. Las críticas del mundo político no se hicieron esperar. Comprensiblemente, todos los dardos acusadores apuntaron a Hacienda. Para Andrés Velasco, esta terminó siendo una victoria pírrica.

 

 

Postura 2: Osvaldo Andrade

El Ministro del Trabajo Osvaldo Andrade se comporta como el representante de la izquierda extraparlamentaria en el gobierno. Al igual que muchos otros socialistas duros, Andrade nunca ha creído en el modelo neoliberal concertacionista. Como es ministro, ha decidido hacer algo al respecto. Porque siente que Andrés Velasco está débil y porque cree que Bachelet está más cerca de su propia postura estatista, Andrade ha buscado estirar la interpretación de la ley de subcontratación para facilitar la negociación inter-empresa y para fortalecer el alicaído movimiento sindical. Con sus posturas más a la izquierda que el propio líder de la CFT Raimundo Espinoza, Andrade le ha echado leña al fuego. Las críticas de los parlamentarios díscolos han encontrado apoyo en sus declaraciones. Si Andrés Velasco ha parecido demasiado cercano a Arellano, Andrade parece estar demasiado próximo a Cristián Cuevas, el líder de los subcontratistas inconformes. Para Andrade, Arellano actúa como un empresario, mientras que él quiere defender los intereses de los subcontratistas.

 

Postura 3: Belisario Velasco

Para zanjar una disputa que ya estaba haciendo daño, el titular de Interior entró a lidiar con el problema. Esta cuestión laboral ya se había convertido en un problema político. Pero Belisario Velasco llegó tarde. En febrero, con el Transantiago el jefe de gabinete correctamente anticipó muchos de los problemas que conllevaría la reforma, pero sus advertencias no tuvieron efecto sobre Bachelet. No falló en la predicción, pero si en su capacidad de ejercer como jefe de gabinete. Si su olfato político se hubiera impuesto, la implementación del Transantiago se hubiera podido retrasar hasta que llegaran suficientes buses y se construyera la infraestructura.

 

En este conflicto, Interior debió haber anticipado los potenciales problemas de la negociación con los subcontratistas. La quema de buses y la eficaz organización del movimiento sorprendieron a todos. Igual como ocurrió con los estudiantes secundarios (antes de la llegada de Belisario Velasco al gabinete) o con el Transantiago, el gobierno no supo actuar a tiempo para evitar que un problema deviniera en crisis. De poco sirve anticipar lo que va a pasar si no hay tiempo suficiente para tomar medidas o influencia política necesaria para ejercer poder.

 

 

¿Y ahora qué?

 

Cuando se produjo el paro de los microbuseros en agosto de 2002, el Presidente Lagos reaccionó con firmeza y el país aplaudió esa señal de autoridad. Bachelet no ha ejercido adecuadamente la autoridad. Aunque tome las decisiones acertadas, su demora en decidirse acarrea costos demasiado altos. Los problemas devienen en crisis porque muchos actores creen tener su apoyo implícito. Como casi siempre ocurre, cuando Bachelet termina respaldando a su titular de Hacienda, los días de indecisión y la decepción de los perdedores dejan demasiados costos.

 

Peor aún, en su intento por construir consensos, Bachelet da señales equivocadas. Luego de abstenerse en la votación en la ONU, Bachelet le reconoció a su embajador en Venezuela que hubiera querido votar por Chávez. Después de dar el vamos al Transantiago, deslindó responsabilidades al hacer referencia a un instinto que le decía que debía hacer otra cosa. Aunque ahora decidió respaldar a Hacienda, la Presidenta también dio pie para que Andrade se sintiera con capacidad de ejercer presión.  Esa actitud es secundada por el Ministro Viera-Gallo, que también busca quedar bien con todos.

 

En esta crisis, Hacienda y Trabajo protagonizaron un nuevo encontrón. La debilidad de Lagos Weber aumentó el desorden. La tardía intervención de Belisario Velasco—que definitivamente no cuenta con la confianza presidencial que debe tener un Jefe de Gabinete—no logró evitar que el conflicto escalara a una crisis política. Al final, el país fue testigo de un nuevo round donde el costo de los errores no forzados ha superado con creces los beneficios del acuerdo anunciado entre Codelco y la mayoría de los subcontratistas.  

 

Bachelet todavía tiene una oportunidad para demostrar liderazgo y autoridad. Los subcontratistas que siguen movilizados esperar ejercer presión para lograr más concesiones. Si el gobierno cede, ocurrirá lo mismo que frente a los pingüinos secundarios. Si muestra firmeza, apelando a la razón, al diálogo sin amenazas y, en última instancia, al estado de derecho, logrará acallar al mediático pero reducido e impopular movimiento de subcontratistas inconformes. Mejor aún, esa victoria le dará la dará fuerza a La Moneda para iniciar un productivo debate sobre los derechos laborales de todos los trabajadores subcontratados.

 

Porque dudó después de dar el vamos al Transantiago, Bachelet no podrá obtener los beneficios cuando los buses funcionen adecuadamente. La Presidenta no debe volver a cometer el mismo error ahora. Después de apoyar la postura de Hacienda, Bachelet no debe permitir que se alimenten dudas sobre cuál es su postura frente a este conflicto laboral devenido en crisis política.