El país le quedó grande

Patricio Navia

La Tercera, junio 23, 2007

 

En estos 17 años de gobierno, la Concertación construyó exitosamente un país. Pero este nuevo Chile le está quedando grande a la coalición. A menos que se modernice para ponerse a la par del país, la Concertación será incapaz de liderar a Chile en una nueva etapa de desarrollo.

 

La Concertación recibió un país dividido, con altos niveles de pobreza, exclusión social y un legado de violaciones a los derechos humanos y autoritarismo. Con dificultades, responsabilidad, creatividad y disciplina—y con la colaboración ocasional de la derecha—la Concertación lideró la transición hacia la democracia. Al apropiarse del modelo económico, supo rescatar lo mejor de la dictadura. Cuando puso un énfasis especial en la reducción de la pobreza y buscó ser presidente de todos los chilenos, Aylwin inauguró un periodo de crecimiento y consolidación democrática sin precedente. En tres gobiernos de Concertación, el país cambió, y para bien.

 

Desafortunadamente, la Concertación se quedó pegada en el pasado. Cuando las cosas no funcionan bien, culpa a la dictadura. Cuando hay problemas de gestión, alega que antes las cosas eran peores. Mientras Chile ya dejó atrás ese doloroso y divisivo legado, la Concertación recurre a Pinochet para darle sentido a su existencia. A diferencia del país que dio vuelta la página, la Concertación sigue con un discurso de transición y construcción de la democracia.  Por eso, en vez de dedicarse a combatir la corrupción y la opacidad, la Concertación alega superioridad moral para gobernar. En lugar de promover la modernización del estado y combatir el nepotismo y el amiguismo, la Concertación recuerda las privatizaciones irregulares en dictadura. En vez de introducir más competencia y transparencia en el sistema de partidos, acusa a los políticos de derecha de cercanía con el legado autoritario.

 

Pero además, la Concertación ahora ni siquiera es capaz de dar gobernabilidad. La falta de liderazgo político de Bachelet, las disputas entre Belisario Velasco y Viera-Gallo (donde se va imponiendo el segundo), las indisciplinas parlamentarias, la guerra civil entre Alvear y Zaldívar en el PDC y los impúdicos negociados para conseguir votos en el Congreso subrayan que la máquina de gobernabilidad concertacionista ya no funciona como el reloj suizo de comienzos de los 90.

 

Felizmente para la Concertación, su principal aliado es la propia oposición. Cuando hay elecciones, gana quien ofrece la alternativa más convincente. Por eso, no basta con criticar las debilidades del gobierno. Para ganar, la Alianza debe presentar una opción más atractiva. Pero hoy, la derecha parece empeñada en que la Concertación siga en el poder. Las marcadas diferencias estratégicas y tácticas entre RN y la UDI continuamente recuerdan que la Alianza está atravesada por una profunda falla geológica que produce inestabilidad. Cuando Lavín fue candidato único, RN temía las tentaciones hegemónicas de la UDI. Cuando Lavín se vio débil, RN impulsó la candidatura de Piñera. Ahora que RN está mejor posicionado, la UDI teme una pasada de cuentas. Hace unas semanas, Longueira puso fin a sus aspiraciones presidenciales para dejar que el fuego cruzado del oficialismo se concentrara sólo en Piñera. Recientemente, en la UDI han querido incluso reflotar a Hernán Büchi como candidato presidencial. Justo cuando la muerte de Pinochet permitía dejar atrás la pesada carga del legado autoritario, algunos UDI insisten en recordarle al electorado que eran apologistas de la dictadura. Pese a los esfuerzos de sus presidentes Larraín y Larraín, la UDI y RN siguen más preocupados de hacerse daño que de construir una alternativa de gobierno.

 

Gracias a los gobiernos de la Concertación, Chile cambió para bien. Pero ahora que necesitamos un nuevo impulso, la Concertación parece incapaz de reinventarse. La coalición carece de visión de futuro. Pese a haberlo construido, este nuevo Chile le está quedando grande a la Concertación.