Esto no da para gas

Patricio Navia

La Tercera, junio 3, 2007

 

La poca coherencia en la política exterior chilena quedó una vez más en evidencia en la reacción oficial ante el más reciente corte de gas desde Argentina. A menos que La Moneda establezca claramente cuál es su línea en nuestras relaciones vecinales, la multiplicidad de estrategias e iniciativas partidistas seguirán enviando señales confusas sobre el liderazgo de la Presidenta Bachelet. Lo único peor que la incertidumbre sobre cuánto gas llegará de Argentina es la certeza de que el gobierno no tenga una política clara en su relación con nuestros vecinos.

 

La política exterior vecinal de Chile está plagada de señales confusas e improvisación. Cancillería parece creer que no vale la pena perder el tiempo con Argentina. Alejandro Foxley está más interesado en fortalecer relaciones con países que lograron cruzar el umbral del desarrollo (like-minded countries) que en acercar la relación con nuestros tres vecinos. Pero pel principal obstáculo para que Chile cruce el umbral del desarrollo está la falta de una relación de confianza y cooperación con los vecinos. Es bueno tener amigos y admiradores en el mundo. Pero en tanto la política exterior chilena cojee por el lado de los vecinos, el contraste entre los saludables canales de diálogo en Europa, Asía y Oceanía y los frágiles y a menudo informales conductos de comunicación con América latina subrayan nuestra incapacidad como país de priorizar las oportunidades de futuro. Cuando se trata de América latina, nuestras relaciones siguen esclavas de un pasado de arcaicas disputas territoriales, añejos legados de ofensas mutuas e inhábiles esfuerzos de integración. Por ejemplo, resulta incomprensible no asociar nuestros preocupantes desafíos energéticos con la falta de osadía en nuestra relación con Bolivia. Porque corresponde discutir todas las opciones energéticas, resulta incomprensible cerrar a priori la puerta a la opción de negociar mar por gas con Bolivia. Pero además de liberar conciencias de un pasado de guerra doloroso (pero ya lo suficientemente lejano), hay que comenzar a construir futuro retomando la oferta de restablecer relaciones a nivel de embajadores con Bolivia.

 

Al mismo tiempo que la Presidenta emprendía una gira a Europa, en un avión cuya lentitud es indigna para un país globalizado con ahorros de país rico, los principales líderes de su partido socialista iniciaban su propia gira a Buenos Aires para realizar gestiones que usualmente se llevan a cabo desde el Ministerio de Relaciones Exteriores. Resulta improbable que Bachelet no haya visado la gestión de sus correligionarios—y de su hombre de confianza, el embajador Maira. Por eso, las fuertes declaraciones del Senador Escalona contra el Canciller Foxley no pueden sino ser vista como evidencia de ingobernabilidad en la Concertación.

 

Pero además de no guardar las formas mínimas, esas descalificaciones subrayan una vez más la falta de autoridad en La Moneda. A estas alturas, es sabido que el estilo de liderazgo de Bachelet es reconocidamente ambiguo. A la vez que da señales de cercanía con Foxley (y por lo tanto con las prioridades diplomáticas de Cancillería), envía señales de estar de acuerdo con las gestiones que realizaron los socialistas. Pero una Presidente no puede estar a la vez a favor de hablar y de no hablar con Argentina.  La intención de Bachelet de evitar conflictos la lleva a ser incapaz de definir una sola hoja de ruta para el gobierno y la coalición. Bachelet puede seguir el consejo de los socialistas y confiar en el gobierno argentino o bien puede plegarse a la postura más confrontacional de Foxley y señalar que nos olvidamos del gas argentino. Pero en tanto de señales de cercanía con ambas posturas, Bachelet evidencia problemas de liderazgo. Mientras ella no raye la cancha en política exterior, la escasez de gas seguirá siendo una crisis.

 

Después de decidirse, contra su intuición, de lanzar el Transantiago, a Bachelet se le complica todavía más tomar decisiones complejas. Lamentablemente, muchas veces una la indecisión es más agotadora y costosa que una mala decisión. Aunque cueste caro, el Transantiago se va a solucionar y la capital tendrá un sistema de transportes más moderno y digno. Pero mientras La Moneda no de señales claras de cuáles son sus prioridades y principios en política exterior para América latina, cada vez que aparezca un tema que genere conflicto con nuestros vecinos, el país inevitablemente volverá a caer en una crisis política de liderazgo doméstico.