El ofertón

Patricio Navia

La Tercera, mayo 22, 2007

 

En su segundo estado de cuenta a la nación, la Presidenta Bachelet pronunció un discurso que intentó mitigar las falencias políticas de su administración con una serie de anuncios sobre más gasto público. Aunque cedió a la presiones de abrir la billetera, Bachelet insistió en privilegiar sus propias áreas prioritarias. Pero aunque los anuncios sobre nuevos recursos calmen las críticas oficialistas y de la oposición, los problemas de fondo de este gobierno no se solucionarán a menos que La Moneda encuentre una narrativa que de sentido a este cuatrienio.

 

Las presiones para aumentar el gasto ya se habían hecho sentir durante la discusión del presupuesto a fines de 2006. En ese momento, la presión se veía fortalecida por una tasa de crecimiento evidentemente insatisfactoria. Entonces, el gasto público era entendido como un mecanismo para incentivar la actividad económica del país. La Moneda, que sentía la presión y las críticas por el crecimiento mediocre, se resistió a abandonar la férrea disciplina fiscal a la que se había comprometido. Porque temía perder el control político del país, cedió en algunas áreas claves del gasto. Pero la disciplina impuesta por Andrés Velasco logró frenar las presiones de parlamentarios oficialistas y de oposición que demandan más gasto público.

 

El Transantiago cambió el balance de poder entre el ejecutivo y el legislativo. Los errores de implementación y diseño del sistema de transportes fueron absorbidos, justa o injustamente, por La Moneda. La Presidenta Bachelet perdió popularidad y su titular de Hacienda fue duramente criticado. Después del cambio de gabinete, Velasco salió sorpresivamente fortalecido, por lo que las huestes oficialistas que buscaban culpar a la tecnocracia concertacionista por el fiasco del Transantiago redoblaron sus esfuerzos contra Hacienda.

 

La llegada de Viera-Gallo al debilitado equipo político de La Moneda restringió la influencia de Velasco. El titular de Hacienda quedaba limitado a cuidar la billetera. Ya no podía ejercer el silencioso papel de articulador político del gobierno de Bachelet. En cierto modo, la entrada de Viera-Gallo le facilitaba la vida a Velasco. Una contraparte política en La Moneda le permitiría a Hacienda concentrarse en cuidar la plata. Viera-Gallo sería el que presionaría por el gasto y Velasco se dedicaría a velar para no gastar en exceso. Pero la sorpresiva debilidad de Viera-Gallo, que demostró tener menos muñeca política que la anticipada, terminó por permitir que el gobierno sufriera importantes derrotas en el parlamento. La pata del gobierno seguía cojeando por el lado político.  

 

En ese escenario, Bachelet no tenía más opción que ceder en el tema del gasto. Eso hizo con lujo de detalles en su discurso del 21 de mayo. Velasco debió abrir la billetera más de lo que él hubiera querido. Pero las debilidades estructurales del gobierno no desaparecerán con estos anuncios. A menos que el gabinete de Bachelet vea la aparición de un ministro que maneje hábilmente el juego político, las presiones por más gasto sólo se incrementarán.