Estallido social

Patricio Navia

La Tercera, mayo 20, 2007

 

Si bien la Alianza parece esperanzada en que ocurra y el gobierno teme que se desate, el estallido social no parece ser la opción privilegiada por los desencantados usuarios del Transantiago. A diferencia de nuestros vecinos argentinos, que parecen tomarse las calles por cuestiones mucho menores, los residentes de Santiago han demostrado una paciencia enorme y una disposición encomiable en la difícil implementación del nuevo sistema de transportes. La gente todavía cree que el Estado, y este gobierno en particular, serán capaces de solucionar los problemas.

 

Huelga decir que el Transantiago no se ha implementado bien. Desde sus inicios (con la Presidenta Bachelet de vacaciones y el Ministro Sergio Espejo enfrentando solitariamente las dificultades de los primeros días), el Transantiago desnudó las carencias de este gobierno. Pero esta crisis es un síntoma, no es la causa del problema de gobernabilidad de la Concertación.  La administración de Bachelet ya había dado evidencia de sus falencias en el primer año, cuando permitió que las protestas estudiantiles se convirtieran en la revolución pingüina y cuando no supo enfrentar la votación para el Consejo de Seguridad de la ONU. Si las protestas estudiantiles provocaron un cambio de gabinete, el Transantiago inevitablemente tenía que producir otro ajuste. Pero ninguno de esos cambios fue suficiente para alterar el estilo de conducción del gobierno. Bachelet sigue liderando un gobierno que cojea notoriamente en su capacidad política.

 

La opinión pública parece entender eso. Los chilenos logran separar los errores del gobierno del desempeño del Estado. En un país donde el Estado siempre ha sido motor de desarrollo y donde las personas todavía asocian a una buena parte de la empresa privada con abusos, engaños y tratos discriminatorios, la gente está mucho más dispuesta a echarle la culpa al gobierno de turno que a creer que la iniciativa privada es más eficiente, justa y meritoria que el sector público. El temor de las AFP a que el BancoEstado se convierta en AFP (y atraiga a un número mayoritario de ahorrantes) y la continua demanda de las personas por la intervención del estado para protegerlos ante los abusos de los privados son ejemplos de lo mucho que deben trabajar los promotores de la iniciativa privada para ganarse la confianza de la gente. Porque los chilenos creen más en el Estado que en el sector privado, las advertencias sobre un estallido social parecen desmedidas.

 

Bachelet, con su estilo de defensora del pueblo, siempre intenta blindarse ante los problemas y culpar a otros de los errores de su gobierno. Hoy, la presidenta culpa a los privados de las falencias del Transantiago. La recomendación del ex Presidente Frei de estatizar el Transantiago también se nutre de la poca credibilidad que goza la iniciativa privada ante la opinión pública. Con su reconocido pragmatismo, Frei pareció decir que primero el Estado tiene que armar bien el negocio y después los privados pueden entrar a administrar mejor lo que construye el Estado.  La gente desconfía más de las capacidades y motivaciones del sector privados que de las imperfecciones del Estado, incluso cuando un gobierno particularmente poco hábil está en el poder.

 

Por cierto, la Alianza ha cometido un doble error al advertir sobre un estallido social. Además de demostrar su poca capacidad de convocatoria (no ha organizado ni siquiera una marcha de protesta), la Alianza ha puesto la barra muy alta para decretar el fracaso del Transantiago. A menos que haya un estallido social, podemos seguir suponiendo que el gobierno goza de la confianza de la gente para corregir los errores del nuevo sistema de transporte capitalino. El segundo error de la Alianza fue ceder ante los cantos de sirena de una posible implosión concertacionista. En vez de tomar una postura propositiva y trabajar con el gobierno para arreglar los problemas, la Alianza parece esperar que el Transantiago logre lo que no pudieron hacer sus candidatos presidenciales. La Alianza equivocadamente piensa que podrá llegar al poder si la crisis del transporte logra derrotar a la Concertación. Más que trabajar arduamente para ganar una elección con mejores propuestas de futuro, la Alianza cree que puede llegar a La Moneda por secretaría.  

 

En Argentina, donde sucesivos gobiernos han demostrado incapacidad para producir crecimiento sostenido que mejore sistemáticamente las condiciones de vida de la gente, y donde el Estado ha demostrado enormes falencias para entregar servicios públicos a los menos afortunados, el descontento ciudadano no se deja esperar. Basta que se sospeche la llegada de una nueva crisis para que la gente intente tomar el toro por las astas. En Chile, en cambio, precisamente porque el Estado ha demostrado que, pese a sus imperfecciones, es capaz de ofrecer servicios y brindar resultados, la gente le tiene más fe y paciencia al sector público, aún cuando el gobierno de turno repetidamente demuestre que no sabe manejar adecuadamente el enorme aparato del Estado.